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Sin blanca en el cielo y el infierno: No hay bestia tan feroz, Edward Bunker, 1973

No hay bestia tan feroz, Edward Bunker, 1973

Arrolladora, implacable, más que parcialmente autobiográfica, más que completamente insolente. Esta novela no solo es uno de esos libros certifican que, a veces, los autores de culto lo merecen; es una obra maestra de la narrativa criminal norteamericana, colocada en equilibrio inverosímil entre el pulp más descarado y el post-beat. Escrita a entradas y salidas de la cárcel, entre enganches y separaciones de la heroína, es tan vertiginosa y nihilista como La Huida de Jim Thompson, tan sincera con el abismo propio como el Yonqui de William S. Burroughs, tan minuciosa en la desencarnadura como Por el pasado, llorarás de Chester Himes, tan vivaz y genuina como Los amigos de Eddie Coyle de George V. Higgins. Edward Bunker es el penúltimo en la cola de los proscritos, de los renegados a (re)descubrir. Esa suerte de escuela paralela de la novelística norteamericana.

Editado hace bien poquito en España como parte del excelente rescate que la editorial Sajalín a emprendido sobre la obra (dispersa) de su gran autor, Edward Bunker, quien paseaba físico rotundo por Reservoir dogs como el Señor Azul a cuenta de la admiración que le profesaba Quentin Tarantino, uno de sus rehabilitadores en Estados Unidos a principios de los 90. También fue guionista (poco), asesor e incluso contó con un papelillo en Libertad condicional, palidísima versión que Ulu Grossbard filmó para Dustin Hoffman en el 77, y en la cual el divo interpretaba a Max Dembo, el alter ego del propio Bunker.

No hay bestia tan feroz, tremendo título, es una frase extraída del Ricardo III de Shakespeare. Una sentencia que el protagonista, Max Dembo, cabrón integral autodenominado, ladrón profesional, drogadicto y narrador de si mismo, se empeña en desmentir una y otra vez, como diciendo que sí, que él es una bestia aún más feroz.  Cabalgando sobre una narración que es como un obsesivo tamborileo en primera persona supone una inmersión, áspera y adictiva, en una mentalidad criminal sin ánimo de redención, que funde lo documental con lo autojustificativo, el cinismo con la lucidez y lo negro con lo tierno en un conjunto de formidable nervio narrativo, pese a sobrepasar las 400 páginas, esparcido por la superficie de una ciudad, Los Ángeles, que es al tiempo geografía física y paisaje (a)moral. Repleto de personajes memorables supone, amén de un soberano retablo de caracteres/tipos/lugares y una poderosa historia de acción violenta, todo un análisis de la imposibilidad de la reinserción en la America de los primeros 70, de una penetración psicológica y una sinceridad admirables. Porque hasta mintiendo, hasta mintiéndose, no puede evitar vomitar toda la verdad. Detrás del hedonismo antisocial y dentro de ese fresco psico-histórico se dan la mano Kafka y el hard-boiled.

Existencialismo de kiosko, documento al natural y portadas chillonas. Lo sublime y lo barato. El restallido de la violencia, la seducción de arrabal, la frase punzante y los detalles colorista con  la pesadilla de las entrañas de los sucesivos sistemas (el civil, el penitenciario, el criminal) contra los cuales se contrapone el rampante individualismo de un anti–héroe que, como el corredor de fondo de Alan Sillitoe, solo tiene su propia honestidad, una que ni es agradable, ni es buena, solo es suya. Fuera de su propio tiempo, casi una década de cárcel, que es como un limbo dentro del cual nada avanza mientras fuera todo parece ir al doble de su velocidad ordinaria, a Max Dembo solo le queda ser una aparecido entre cadáveres. Con su corte de pelo y su ropa de hace diez años se reencuentra con un mundo en el que ni cabe ni quiere caber. Como su protagonista Bunker es fiel a cuatro reglas, pero lo suficientemente perro como para cambiarlas.

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2 comentarios el “Sin blanca en el cielo y el infierno: No hay bestia tan feroz, Edward Bunker, 1973

  1. Belén
    3 Abr 2012

    Es muy original este blog. Hiciste bien en abrirlo.

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