El hombre dibujado

la esbilla entintada

Los mandaos: El último deber

 

Carrying my friends out for the good time

(Scrapper Blackwell, Nobody Knows You When You’re Down and Out)

 

El último deber es como una versión amarga de Un día en Nueva york. Una de los tiempos del Vietnam.  Lo que en la primera era exaltación y apertura al mundo en esta es desencanto y decepción. Vietnam es un eco fuera de las páginas de la novela, una presencia en ausencia.  Hay referencias a ella, para no olvidar que estaba sucediendo, para hacer todavía más pequeña, absurda y mezquina la misión de los tres marineros y su misma peripecia en las ciudades de América.

Un día en Nueva York tenía el espíritu de la 2ª Guerra Mundial, la victoria heroica contra el Gran Mal. Era imagen de una América exultante que se proyectaba a toda velocidad hacia el futuro. Nueva York era La Ciudad. La cumbre de lo moderno, el pináculo de la idea nacional. El último deber es la sordidez, la tristeza de constatar el haber sido estafados y la presencia, acuciante, de una guerra sin objetivos. Un combate esotérico e ininteligible al otro lado del mundo que, además, es imposible de ganar.

No parece suceder demasiado en El último deber, pero entre bromas chusqueras y ternura bruta hay una lucidez terrible.  En un momento, casi al final, Billy Bad-Ass le dice a Mule “–Ahora bien, he aquí lo que me preocupa: ¿qué sucede cuando en un matrimonio, después de muchos años de convivencia, el marido le dice a la esposa: «Eres una puerca»? Y no está hablando por hablar, no: quiere decirlo, y está convencido de ello. Acaba de tener una epifanía. ¿Y qué sucede si ella se vuelve hacia él y, fría como el hielo, responde: «Si no fueras el polaco más estúpido en seis estados habrías descubierto años atrás que era una puerca»?”.

La Marina, el Ejército, América. Todas son parte y lo mismo en ese gran caerse del caballo que expresa un personaje que es, al tiempo, individuo y colectivo. Pese a la crudeza del lenguaje, Ponicsán realiza un análisis sutil de un momento americano. Sutil por esa inteligencia no ya en dejarlo en segundo plano, sino directamente fuera de plano, y por ofrecerlo sin rastro de tesis o de sermón. Ponicsàn no es más listo que sus personajes, no lo sabe todo antes; al contrario, lo va descubriendo paulatinamente, dándose cuenta de que lo que antes no le importaba comienza a hacerlo.

Al despresurizar a sus personajes, al llevarlos a, como ellos lo expresan, “el exterior”, los pone en contacto con una realidad a la cual han permanecido ajenos. Y aunque Larry sea simple como el mecanismo de un clavo, los tres son equiparables en su inocencia; hasta Billy Bad-Ass, que es un sabelotodo y un bocazas y que disfraza con una pose de garrulo absoluto su inteligencia cultivada. Billy prefiere ser un idiota, el polaco más estúpido en siete estados y así vivir sin pensar en el mundo a parte de la Marina. Es al verse a él mismo realizando ese último deber, entregar a un muchacho a ocho años de cárcel militar por robar 40 dólares, que sus dos yoes entran en combustión.

Ponicsán, decía, expresa todo ello desde la llaneza, la concisión y la cotidianidad. Su experiencia de ese exterior es la misma que la de los marineros por que él, poco antes había sido un marinero. En el prólogo a esta edición de Berenice explica cómo llevó las primeras páginas a un ejercicio de escritura en un curso al cual se había matriculado. Eran una minuciosa descripción de unos barracones que había visto mil y una veces. Simple, directo, honesto. La caracterización psicológica de los personajes equivale a esa objetiva descripción de espacios y objetos, de mecánicas militares, de léxico y argot. Billy y Mule son un par de marineros veteranos que se creen listo y duros y rebeldes hasta que en el trayecto a la prisión con Larry, a quien deciden darle una semana condensada de experiencias vitales, se contemplan en su brutal verdad: son tornillos, mandados, números.

En 1973, Hal Ashby adaptaba con Robert Towne al guión la novela después de varios años de diversos avatares. Se estrenaba al tiempo que la siguiente obra del autor, también sobre un marinero atrapado en tierra, Cinderella Liberty. La versión de Towne y Ashby, en la cual Ponicsán había trabajado también, es extremadamente fiel al original, en parte por la simplicidad de su estructura itinerante, que favorece el fluir de escenas. Hay aspectos distintos, sucesos que aparecen en un lado y no en otro o que están cambiados de orden, pero sus personajes son idénticos, así como la mayoría de sus diálogos. La mayor diferencia es el final. Ashby y Towne son todavía más sutiles, más abstractos en esa toma de conciencia y al tiempo más brutales porque allí, Billy Bad-Ass y Mule regresan a sus quehaceres, entregándose al vacío, dóciles. Ponicsàn, en cambio, propone en su novela un epílogo terrible, esa concienciación, esa lucidez, que conduce a los personajes a la perplejidad primero y a la autodestrucción después. Lo agridulce del relato, transformado en bilis acre.

 

 

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Esta entrada fue publicada en 21 Dic 2018 por en 70`s, Darryl Ponicsán, El ultimo deber, Novela y etiquetada con , , , , , , , .

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