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En la ciudad: La ley de Carter

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Jack Carter no tiene tiempo para visitas familiares esta vez. Ted Lewis lo mete de lleno, desde la primera línea en un lío a vida o muerte con el segundero sonando como un repique de martillo. Hay un soplón, que es una amenaza constante fuera de campo, casi abstracta, y hay que impedir que hable. La trama se deja al hueso, en una expresión mínima operativa. La construcción simple permite que florezca lo que de verdad interesa al autor: el ambiente.

La acción se encadena, se empuja incluso. Un acontecimiento violento lleva al siguiente. Y Carter camina sobre todos ellos. Sin mancharse los zapatos o arrugarse el abrigo caro. Su cinismo es atroz, así como su mirada lúcida y despiadado al ecosistema en el cual ha medrado. No hay rastros de romanticismo, idealismo o bondad en él. Lewis toma el arquetipo americano del detective desencantado y lo pasa al lado de los malos. Eso es, en un nivel primario: el villano, es el héroe. Una novela de Raymond Chandler pervertida, degenerada, al contacto con una realidad social sórdida, cuyo glamour no está en la estilización, nocturna o californiana, sino en lo hortera, en el mal gusto. La ley de Carter no fue adaptada al cine, aunque Lewis la escribió al calor de la versión que de su personaje dieron Mike Hodges y Michael Caine, pero hay rastros de sus tramas que pueden verse en otra pieza maestra del brit noir como El largo viernes santo. Como en aquella, lo mafiosos de La ley de Carter, eses trasunto de los Kray que son los Fletcher, están distraídos agasajando a unos gangsters americanos con los que pretenden asociarse y así pierden de vista las pequeñas mezquindades diarias y la situación se les va de las manos.

En la película de John Mackenzie es el propio jefe, Harry Shand interpretado con furia por Bob Hoskins, quien se dispersa entre uno y otro asunto, en la novela de Lewis los Fletcher desaparecen y es Jack Carter, en mitad del lío (o de los líos) quien debe resolverlo por su cuenta. No lo hace por ellos, claro, sino por su propio y egoísta beneficio. Pero al tiempo sabe que está atrapado, que a donde ha llegado es donde se va a quedar. El rígido sistema de clases del Reino Unido funciona incluso en el submundo del crimen. Es una ironía terrible. Haberse rebelado violentamente contra un Sistema para quedar atrapado en otro. Tal vez de ahí el cinismo atroz de Jack y sus tendencias autodestructivas.

La novela funciona de modo curioso la estar escrita en retrospectiva. Tras Carter ya no se podía mirar hacia adelante, así que solo quedaba buscar a Jack en su ciudad. Todo lo que en Carter era sugerencia –Londres y su vida allí- aquí se manifiesta en todo su feo esplendor. Las calles, los clubes, las ropas, los rostros…todo tiene una cualidad vívida, densa.  Es Carter en el mundo de Carter y, como dice el título, allí rige su ley. Ya no está deslocalizado, no es un cuerpo extraño constantemente incómodo en un espacio del cual escapó y que significa demasiado para él. Londres, al tiempo, no significa nada, y es suyo, propio. Jack navega la ciudad como un pez venenoso y aplica una violencia maligna, quirúrgica, distante. Del mismo modo, al haber quedado el destino de Jack determinado en su primera aparición, esta segunda pierde un punto de sorpresa, de novedad. Lewis lo compensa subiendo el listón de lo amoral. Fuera de su hábitat tal vez Jack estuviese perdido, pero en él es letal y reina.

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Esta entrada fue publicada en 17 Jul 2018 por en 70`s, La ley de Carter, Novela, Ted Lewis, Uncategorized y etiquetada con , , , , , , .

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