El hombre dibujado

la esbilla entintada

Jack, no vuelvas al Norte: Carter

Michael Caine mira desde la portada blanca de la edición de Carter de Sajalín. Armado. Impertérrito. Desafiante. Desde la edición inglesa que tengo, un libro de batalla de 1998 de tapas blandas rojas y letras amarillas, también mira Michael Caine. Igual de armado, impertérrito y desafiante. Los gemelos, el reloj, el cuello duro de la camisa Oxford y el traje cortado a  medida llaman tanto la atención como la escopeta recortada. De algún modo, Caine hizo icono a Carter, lo convirtió en Carter.  Antes había sido Jack, que volvía a casa. Al Norte. A un Manchester (Newcastle en la película) llamado Doncaster igual que los gemelos Kray son los Fletcher. Una novela en clave. Carter resistió más que su autor, Ted Lewis. O tal vez, en coherencia con el submundo que relata con minucioso puntillismo, Lewis se fue por el mismo sumidero que sus personajes: violencia, alcohol y angustia.

Lewis era un hijo de la posguerra, crecido entre las ruinas de la Blitz y el alzamiento de una (re)industrialización salvaje. El paisaje de Doncaster es el de una villa rural devorada por un nido de fábricas. Las imágenes que Lewis convoca son ladrillo rojo, torres de fundiciones, barro, ríos sucios, solares, columnas de humo, lenguas de fuego… Carter suena a maquinaria pesada en funcionamiento, el eco de las fábricas es tan audible en sus páginas como el barullo de los pubs de cientos de mesas y barras kilométricas, enmoquetados, y decorados con madera falsa. Es la imagen de la colisión desastrosa entre el progreso (la modernidad) y la tradición (en decadencia). En cierto modo eso es también la aventura de Jack Carter en su regreso a casa. Viene desde Londres, está a las órdenes de los que mandan en la gran ciudad, pero lleva dentro el Norte, Doncaster. Carter solo parece sofisticado, le han dado una mano de ciudad por encima, pero solo eso. Según avanza la novela, según Carter penetra el misterio de la muerte de su hermano y desenreda el submundo criminal local el pasado se hace presente, la capa de pintura se descascarilla.

A Jack lo hizo volver dos veces más, primero en Jack Carter’s Law, publicado en 1974, donde contaba su juventud en el ambiente londinense mientras persigue a un soplón y Jack Carter and The Mafia Pigeon, en 1977, donde viajaba a la Costa del sol y se mezclaba con la mafia americana. Carter se iba pareciendo a Parker, el resistente ladrón y asesino de la serie de novelas de Richard Stark, pero la saga no tuvo continuidad. El público ya no estaba allí para leerle. Carter se incrustaría paulatinamente en el imaginario británico, cuando el culto por la película de Mike Hodges y Caine creciese, estableciéndose como el alfa y el omega de la ficción criminal británica. Lewis ya no estaba allí para verlo. Siguió publicando hasta 1980, con la terminal GBH, hoy reivindicada como la obra maestra de su producción junto a este primer Carter, donde describe la desesperada violencia del jefe de una firma criminal obsesionado con una traición desde dentro cuyos ecos pueden oírse en el Gangster No1 de Paul McGuigan

La apariencia del libro es el de otra novelucha de explotación, una versión inglesa del noir/thriller/policial americano. Pero Lewis lo trasciende. Toma eso, parte de ello, pero lo personaliza del tal modo que lo convierte en algo nuevo y propio. Carter es una novela inglesa, y solo eso puede ser. Pero el relato de misterio, el civilizado enigma de la tradición británica es arrollado por una violencia abrasiva, una prosa tosca y una apoteosis de la fealdad, el mal gusto y la brutalidad.

Ted Lewis habla de sus pares, coloca los titulares de la prensa amarilla, las proezas de los gansgters del Soho o Essex en el territorio de la novelística noir, de la ficción desde y para la realidad. Crea un nuevo contexto cuyo directo precedente sería Arthur La Bern (autor de It Always Rains On Sunday, que adaptaría Robert Hamer como Siempre llueve en domingo o Goodbye Piccadilly, Farewell Leicester Square, convertida por Alfred Hitchcock en Frenesí tras trasladar la acción del Londres de posguerra al contemporáneo de los 70 y bajo ese título publicada en la colección Círculo del crimen en los primeros 80) y sus continuadores presentes, caso de Jake Arnott, autor de esas obra maestra que es Delitos a largo plazo y el más directo heredero de Lewis, David Peace, el galés John Williams, la serie de cómics The Button Man de John Wagner o incluso y pese a diferentes idiosincrasias, el irlandés Gene Kerrigan, publicado también en español por Sajalín.

Los lugares, los rostros, los modos de hablar…Lewis describe minuciosamente, se sirve de la integración de referentes a la cultura popular británica, es minucioso en quién lleva qué y cómo, en la arquitectura, la decoración, la geografía…en el espacio y los/lo que se mueve/n dentro de ese espacio. Seminal, fundacional y al tiempo acabada, perfecta en su simplicidad. Una historia de venganza. Pero también de recuerdos y ajuste de cuentas general. Una autobiografía oblicua. Lewis es Carter y viceversa. Volver y arrasar, ponerlo todo patas arriba, desnudarlo. Para ello se necesita esta escritura. Sin artificios, sin atajos. El estilo es elemental, desgrasado. Es un telegrama violento, sin tiempo.

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Esta entrada fue publicada en 9 Ago 2017 por en 70`s, Carter, Novela y etiquetada con , , , , , , , , , , , .

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