El hombre dibujado

la esbilla entintada

Algunos tebeos (3)

Torso (1-6, Image), Brian Michael Bendis, Marc Andreyko/Brian Michael Bendis, 1998-99, EEUU

Minuciosa recreación de los asesinatos en serie sucedidos en Cleveland durante la segunda mitad de los 30, cuando Elliott Ness fue contratado como jefe de la policía. Construida en un estilo “true crime” recoge la mirada sociocriminal fracturada de obras como El estrangulador de Boston y anticipa otras como Zodiac llevando al cómic el estilo cinemático. La repetición (de viñetas, expresiones, diálogos…) y la limitación (las expresiones, el riguroso b/n) se convierten en figura de estilo creando una atmósfera obsesiva y una sensación circular que en ocasiones la construcción de página subraya de modo literal. Bendis, como ilustrador, usa constantemente disoluciones y superposiciones de fotos reales diluyendo la realidad periodística en la recreación ficcional y creando un contraste de técnicas/texturas muy rico. Se precipita en la conclusión, como si la necesidad de clausura acuciase a los autores y opta entonces por una acción atropellada y una conclusión manida de derrota frente al sistema. La austeridad formal limita el impacto de todo ello, pero el comic es superior en el desarrollo/planteamiento que en los lugares (morales, artísticos) a los que llega.

The Nevermen (0-4, Dark Horse), Phil Amara/Guy Davis, 2001, EEUU

Pulp caótico, al punto de lo ininteligible, con un grupo de estilizados vigilantes en gabardina y visores nocturnos enfrentados a un mad doctor (o algo así). Mil cosas más y mil personajes pintorescos más se cruzan en una historia que parece un resumen de otra mucho mas grande. La incompetencia del guió solo sirve para facilitar los diseños de Guy Davis, una reinvención de los años 40, que bajo su trazo emborronado y enérgico igualan austeridad y barroquismo. Maravillosas viñetas, energía tan desmesurada que entre retazos deja atrás cualquier narración que hubiese.

Starlight (1-6 Image Comics), Mark Millar/Goran Parlov, 2014, EEUU

Pulp remitificador (¿o post-desmitificador?) que cita en uno a todos los héroes de dos mundos (John Carter, Flash Gordon, Adam Strange…) convirtiéndolo en una versión envejecida (que no crepuscular) de los mismos. Estupendo para mirar debido al trabajo de síntesis de Parlov, una especie de simplificación estilizada de Alex Raymond pasada por Moebius (entre otros, de Al Williamson a Manara, de Barú a Simonson o al Manga), y al colorido de gominola. Al leerlo, en cambio, uno se topa con una operación de cinismo estrepitoso, desalmada, ideológicamente tan sibilina/ambivalente como suele Millar, de un triunfalismo sentimental/baboso y con una incapacidad narrativa que contradice el supuesto oficio del autor. Una basura; y el tebeo también.

Wonder Woman: Tierra Uno, Grant Morrison/Yanick Paquette, 2016, EEUU

Catálogo-cómic donde Morrison vuelve a la reescritura sincrética del panteón de la DC, pero muy lejos de la epopeya psicodélica de Batman o de la emotividad desnuda de Superman. Ni aquí ni allí, Wonder Woman intenta traer el discurso original de William Moulton Marston al modo de representación contemporáneo. De la extraña tensión erótica del proceso surge tanto lo más interesante/extravagante como una curiosa anulación de esa misma contemporaneidad. Parece más un tebeo romántico de los 70 que uno de superhéroes de los 2010, pero no es (de nuevo) ni una cosa ni la otra: no es nada. Morrison limita la acción y reconduce la violencia, pero la obviedad del dibujo, en algún punto entre Bryan Hitch y Greg Land, desbarata gran parte el sensualismo de una idea tal vez más adecuada para el arte ensoñado de un P. Craig Russell; más onírico, menos vulgar.

Solar. Man of the Atom: Alpha and Omega (Valiant), Jim Shooter/Barry Windsor-Smith, 1991, EEUU

Consecuencia directa, tal vez ya tardía, de Marvelman (en parte) y el Dr. Manhattan (en especial), que reescribe un tebeo/personaje de los 60 desde un punto de vista de angustia existencial y apocalipsis físico. Alan Moore y David Cronenberg se encuentra en el guión algo esquemático, crudamente elíptico, de Shooter y el arte obsesivo de Windsor-Smith para trabajar sobre la noción de trascendencia, de separación de la humanidad y conversión en un dios. De hecho, la historia supera a Shooter, quien intenta dar calidez al personaje y su peripecia sin llegar a comprender a dónde ha ido; es la frialdad del dibujo la que se impone, la cualidad alucinada del arte de Windsor-Smith, llena de efectos psicodélicos y extraña belleza violenta como vehículo para esta transformación devastadora,

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