El hombre dibujado

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Lo que me pasó y lo que hice: Diario de una adolescente

Cada vez que la historia de Phoebe Gloeckner ha cambiado de medio, accediendo a uno de mayor espectro de consumidores potenciales, un poco de su crudeza primigenia se ha quedado en el camino. Como si existiese una necesidad de  anestesiar en cada nueva iteración la incomodidad física con el fin de hacer el relato asumible. Los cómics que componían la antología de 1998 “Vida de una niña”, eran un computo espeluznante de abusos, degradación y masoquismo. Una experiencia directa con la brutalidad de la honestidad; genuina y en trazo sucio.

El deje crumbiano era palpable en el trazo, producto tanto de una fascinación hacia el artista como de la convivencia en un periodo de su agitada vida. Confesionales e impúdicos como solo pueden ser los tebeos y las canciones, aquellos relatos breves (a veces un puñado de páginas, a veces unas viñetas, otra solo una estremecedora ilustración), recordaban con apenas adulteración la infancia y primera adolescencia de Phoebe Gloeckner; y daban miedo.

La novela, publicada en 2002 ya bajo el título “Diario de una adolescente”, reeleboraba esta materia prima en un formato híbrido que  daba sentido a la expresión “novela gráfica”. El resultado encauzaba lo salvaje de las viñetas de origen, su abisal nausea, su grito de socorro, en una espiral abisal que desde un punto de vista subjetivo, el de Minnie/Phoebe, exploraba tanto su propia vida, como  el San Francisco post-hippie y pre-punk. La honestidad permanecía y el resto también, incluido el miedo, pero este llegaba progresivamente, en una oleada que al final te cubría por gloeckner_diarycompleto y no en la forma de un martillazo en los dientes. Por  el camino alguno de los aspectos más frontales se había vuelto más sutiles, y quizás por ello más espeluznantes. La relación con su padrastro, insoportable en el tebeo se revelaba más enfermiza y retorcida en la versión novelada

Esta, con el formato de un diario, urgente e impresionista, mercurial, miraba igual de profundo que su contrapartida en tebeo, pero enfocaba con mayor precisión, como si Phoebe Gloeckner cada vez se alejase un poco más de quien fue y se contase ajena a sí misma. El argumento principal es su enamoramiento con quince años de uno de los amantes treinteañeros de su madre, pero esto deriva hacia la mitad de la narración a un análisis, entre los naif y lo terrible, sin adulteraciones y a golpe de sinceridad, de una personalidad adictiva en un mundo egoísta. El sexo y la droga, novocaína para el alma que cantaba Eels, son el punto de fuga, el gran olvidar que te quita todo lo malo…y todo lo bueno.

San Francisco más que escenario es otro personaje. Una ciudad en dos velocidades, en mitad de un cambio de paradigma donde la dulzona nube de hachís es sustituida por el speed en vena; una ciudad en desintoxicación permanente, en un lapso dramático entre la decadencia del sueño del verano del amor y el auge del dragón capitalista  que replica en la decadente Calle Polk, donde se reúnen los runaway kids, la calamidad vital y el de vacío existencial de Phoebe/Minnie.

La tercera mutación es la película Diary of a Teenage Girl, dirigida por  Marielle Heller. El tercer medio, ofrece la versión más accesible de la vida de esta chica. Una historia en palabras e imágenes, como encabeza siempre Phoebe Gloeckner las reelaboraciones de su biografía, que en la película transfigura el diario escrito y la páginas de cómic en grabaciones de voz y animación, más cercana a la fuga onírica que a la colisión de medios de, por ejemplo, American Splendor.

Hay algo heróico en cada nueve reencarnación de Phoebe/Minnie. Cada vez sale mejor parada, abollada pero entera en lugar de a pedazos, como uno pensaría después de hacer todo el recorrido. Obras-exorcismo, arte degenerado y retador, los libros de Phoebe Gloeckner, que son biografía en el abismo están escritos (o dibujados) desde una paradójica inocencia (lo cual los hace doblemente perturbadores); no hay en ellos exhibicionismo, ni conmiseración, no piden compasión, ni comprensión, no son muestras de arrepentimiento, ni caídas del caballo: son la verdad con todos sus dientes.

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