El hombre dibujado

la esbilla entintada

Piedra sobre piedra: Nemo. Las rosas de Berlín

http://cineultramundo.blogspot.com.es/2015/03/critica-de-nemo-las-rosas-de-berlin.html

9788416090433-1

“Nemo. Las Rosas de Berlin”, puede parecer la segunda entrega de ese spin off comiqueros sobre “La liga de los caballeros extraordinarios” que Alan Moore se ha montado a partir de la hijo del Capitán original. A esta la precede “Nemo: Corazón de hielo”, un relato levecraftiano del cual ya hablé aquí, pero la realidad es que el capítulo inicial, la escisión primera, se encuentra en “Century 1910”.  Aquella  primera entrega del típtico “Century” era parte de un largo epílogo crepuscular que finiquitaba La Liga (sí, todo esto parece muy enrevesado)… pero al tiempo, y sin que entonces nos diésemos cuenta, tampoco estábamos advertidos, allí se gestaba un nuevo comienzo. De las llamas de puerto de Londras emergía Nemo, fiera y afilada, implacable Jenny la Pirata que era Janni del Nautilus, rimando a Bertold Brech y Kurt Veil con Julio Verne.

Erudito y bastardo, Alan Moore hace en esta segunda, que es tercera, entrega de Nemo el Londres de la ópera de los tres peniques con el Berlín futurista de Fritz Lang. La cultura popular alemana anterior a la 2ª Guerra Mundial, y la que se quemó durante ella son la vértebra real de Nemo; e incluso, explícito y arrogante como su magnético personaje, Alan Moore le pega fuego a Berlín como antes hizo con Londres en dos finales gemelos que se comentan el uno al otro.

No me gustó “Nemo: Corazón de hielo, o más bien me dejó indiferente que casi es pero (sin casi: es peor) y ahora creo que debería volver a leerlo, como paso intermedio entre las violencias catárticas de “Century 1910” y “Nemo. Las Rosas de Berlín”, bautizos primero para Janni, luego para su hija Hira.  De hecho,  esta entrega se abre y se cierra en la violencia y la ferocidad, ese que refulge en los increíbles ojos de Kevin O’Neill le dibuja a Janni; ojos que queman.

De “Nemo. Corazón de hielo” dije aquí que Alan Moore parecía cansado del tebeo, o que se aburría y esto era un compromiso para que O’Neill siguiese dibujando un mundo que le pertenece por derecho. Ahora todo eso me parece una tontería.  “Nemo. Las rosas de Berlín” es una tormenta desde la primera a la última página, en el rigor del ritmo de sus viñetas apaisadas y en las inflexiones dramáticas que significan las variaciones de disposición está el secreto de la escritura del tebeo en su forma más depurada: Alan Moore ha roído la carne y esto es el hueso.

Como en los mejores momentos de La Liga, las citas y las referencias no se comen la acción y la aventura, o a los personajes mismos. La mirada alucinada de Mabuse es válida en si misa, como lo es la María terminatrix, Hynkel y Rotwag, los soldados durmientes de Caligari o el Weimar abajo/Reich arriba, el burdel y la maquinaria, la decadencia y el esplendor de la arquitectura futurista, casi unos pozos de Apokolips pasados por Lang (o viceversa). No importa ignorar las referencias, porque estas funcionan en el contexto de la historia, son orgánicas, crean la atmosfera del cómic: una vibración germánica que contamina hasta el coloreado del cómic, como si fuese un blanco y negro a color, y que lo convierte en un serial de la UFA totalmente desquiciado y ultraviolento.

Decía también de “Nemo. Corazón de hielo”, que nada más cerrarlo, ya se había esfumado. Ahora, en cambio, quiero volver a empezarlo, darle la vuelta y entra de nuevo en una historia cuesta abajo, febril, donde no hay tiempo para nada que no sea sustancial. “Nemo. Las Rosas de Berlín” significa también algo que, creo, se ha pasado por alto. Moore ha estado buscado un formato, una adaptación del álbum europeo al contexto norteamericano. Y aquí lo ha encontrado. Como los grandes músicos, ha recuperado el “mojo”, y la melodía es lacónica y brutal, las frases cortan y la historia es un largo clímax hacia la destrucción porque el Reich le ha ido a tocar los cojones a la mujer equivocada y porque ni ser una diosa inmortal de miles de años te va a salvar en un clímax de mil demonios.

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