El hombre dibujado

la esbilla entintada

Lo que nos pasa: Saga (y 4)

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Saga Nº4 Brian K. Vaughan Fiona Staples (5)

Lo que cuenta, dicen, es el viaje. La experiencia del descubrimiento, el conócete a ti mismo. Ese viaje, al final, es siempre introspectivo. Da igual que el paisaje ser el de vastas galaxias y mundos de maravilla. Todo se reduce, ya digo, al final, a la intimidad.

Saga, cuyo propio título ya define su carácter de ciclo épico, si bien constantemente cortocircuitado por lo mundano e inmediato de los conflictos que cuenta, se desarrolla en ese plano íntimo. Las grandes preguntas de Vaughan son, en realidad, las pequeñas preguntas; las que de verdad cuentan.

En el prólogo del tomo 4, José Torralba explica el carácter de bildungsroman, es decir la novela de aprendizaje, de formación, y como esta naturaleza el relato, que es el de los personajes y no el de sus peripecias, puede reconstruirse y mutar sobre la marcha. La elipsis, empleada por Vaughan como un corte directo en la realidad/continuidad del relato, es el arma narrativa para la resituación, parafraseando al (pen)último disco de Nacho Vegas; otro relato de la realidad mutante a través de personajes.

El principio de este 4 tomo rima con el primero: un parto en primer plano que, a  su vez, es una llamada hacia aquel legendario número de Miracleman dibujado por Rick Veitch. Pero esta vez la imagen, otra vez, ofrece una resituación. No son Alana y Marko los padres, juntos y a la fuga. Ahora es la esposa del Príncipe Robot IV la que pare y el padre no está presente, sino evadido de la realidad.

Robot IV se transforma de implacable villano a tortuoso antihéroe mediante la tragedia y, as u vez, su caída tiene un paralelo en la de Alana: la dormidera sexual es la fuga de uno de la realidad, la droga  la de la otra. Ambos escapan de sus responsabilidades, de la cotidianidad alienante, y ambos, de golpe y entre la violencia, tendrán que regresar de ese estado de huida, de esa burbuja.

Saga parecía haberse extraviado un tanto en la entrega anterior. Faltaba la energía especial, del inicio. Quizás era debido más a la progresiva dejadez en el dibujo de Fiona Staples. La recurrente y cada vez más alarmante ausencia de fondos y escenarios que hablaba de abstracción y estilización, sino de agotamiento y las figuras, gráciles y naturales, parecían flotar en esa misma ausencia de espacio. Saga, en definitiva, necesitaba su propia resituación como historia y como tebeo.

Vaughan, como hizo en el momento en el cual creó este serie, se vuelve hacia sí mismo y hacia su propia realidad y temores cotidianos, transmutados en cósmico y épicos al situarlos en un contexto de fantasy y ciencia-ficción. Como algunas de las mejores obras de Grant Morrison, Saga se vuelve más y más penetrante cuanto más privado, cuanto más cercano a una autoficción paranoica. Vaughan, apoyado en el resurgimiento de una Fiona Staples pletórica que vuelva a sujetar a sus figuras al suelo, sin perder ni el peculiar uso de los fondos difuminados ni el color ácido, se cuenta a sí mismo para, en el camino, en el viaje, contar a su personajes y contarnos a nosotros.

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