El hombre dibujado

la esbilla entintada

El camino de la espada: Ronin. Frank Miller, anarquista zen

Publicada en Ultramundo: http://cineultramundo.blogspot.com.es/2014/07/critica-de-ronin-frank-miller-por.html

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Ronin sucedió antes de Batman: El Regreso del Caballero Oscuro, mucho antes. Antes de “Sin City”. Antes de “300”, también. Se puede decir que sucedió incluso antes de que Frank Miller fuese Frank Miller. Quizás por eso continué siendo una de sus obras más poderosas: está todavía cruda, es vívida y visceral, es quizás, el primer resultado de Miller reflexionando sobre su oficio, volcando lo que llevaba dentro en una historia auto-contenida y propia.

Lo primero que un lector de 1983 se encontraba al abrir aquel cómic escrito y dibujado por uno de los autores más excitantes de su tiempo (¿el más?) era algo que no había visto hasta entonces… y que era muy distinto del anterior Frank Miller. El trazo de “Ronin” es brutal, como arañazos sobre la página, y a la vez tiene algo ligero, gentil incluso, que se va amplificando al penetrar en la imaginería psicodélica del futuro posible en el cual se ambienta la aventura. El Frank Miller de “Daredevil” sigue ahí abajo, y el de “El Regreso del Señor de la Noche” y en especial el de “300” ya está presente. El color de Lynn Varley se convierte en un elemente indispensable para lograr el clima narrativo, psicológico y sensorial del tebeo, también para definir el estilo que Frank Miller busca como autor total. “Ronin” es, en ese sentido, un esfuerzo mayúsculo. Significa la búsqueda y el encuentro del un lenguaje propio para la página, la marca al agua de lo que es y será Frank Miller.

Es, por lo tanto, un cómic mucho más importante para su evolución como autor, como creador, que sus posteriores trabajos en “Batman”, ya que ellos parte de la reimaginación, cono notable libertad de un mito perenne, de la marca de otro que Miller puede bien recrear en “Año Uno”, bien prorrogar en “Batman: El Regreso del Caballero Oscuro”. “Ronin”, en muchos aspectos, está más emparentado con la abstracción violenta de esa extraña secuela que fue “Batman: El contraataque del Caballero Oscuro”, aunque su paisaje de desolación urbana y degradación humana anticipe el de la primera entrega de ese díptico sobre el murciélago.

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Toda una serie de elementos técnicos y artísticos que Miller desarrollará a partir de la segunda mitad de los 80 aparecen ya ensayados en esta obra legítimamente experimental. Las combinaciones de pequeñas viñetas de bustos parlantes y descomunales páginas dobles (e incluso desplegables) en una apropiación de elementos típicos de Steranko, el movimiento y energía de las figuras y la grandiosidad incontenible en los marcos de la viñeta de Kirby, las enormes manchas negras, incluso sobre blanco que recuerdan a los artistas argentinos, en especial Juan Muñoz, esos rojos y esa sangre destacada en la sombra que es distintiva de Frank Miller hoy, la tensión progresivamente abstracta de la página basada en la fluidez de las viñetas y los dibujos sobre la página que lo distinguen como el formidable narrador que es (o que fue), unos diseños y unos trazos que hacen pensar en Moebius y Hugo Pratt, la integración de la cultura japonesa y de la dinámica del manga, principalmente del arte poderoso de Goseki Kojima, autor de ese “Lobo solitario y su Cachorro” para cuya edición en “Estados Unidos” en 1987, Miller firmó unas formidables portadas… En definitiva, una síntesis de influencias, muchas de las cuales no había podido emerger todavía en su trabajo previo durante su magistral estancia en la cabecera de “Daredevil”, aunque algunas como la fascinación japonesa (cultural, artística y pop) ya había quedado manifestadas en esa misma serie o en al célebre “Lobezno: Honor” escrita por Chris Clarmont y donde Frank Miller ya rendía tributo a Kojima.

También “Ronin”, que incido es una de esas obras viscerales realizadas como si nunca más se fuese a tener la oportunidad de repetir con semejante libertad, avanza distintos detalles/motivos visuales -la parafernalia nazi y sadomasoquista- así como la línea de mujeres fuertes, que en “Ronin” conquistan el protagonismo del tebeo desde un plano en principio secundario, y héroes individualistas, directos al sacrificio, en los que su obra irá profundizando: primero buscando la estilización, después precipitándose en el cliché y la auto-parodia. Pero en 1983 ese Miller, ya digo, no era ni siquiera previsible. Aquí encontramos a un autor desbordante de energía y creatividad, a veces incluso demasiado, con lo cual el conjunto no termina de estar por completo centrado con temas dispares compitiendo los unos con los otros en un, por otra parte, apasionante mixtura de aventuras legendarias, ciencia ficción, filosofía y ultraviolencia metafísica (y de la otra).

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“Ronin” está profundamente relacionada con las visiones corporativizadas y postapocalípticas (o cercanas al colapso) que la ficción cyberpunk estaba proponiendo en ese mismo momento. “Blade Runner” se estrena en 1982, en 1983 Howard Chaykin comienza su sátira “American Flagg”, “Neuromante”, la novela fundamental del género escrita por William Gibson se publica en 1984, el mismo año en que “Ronin” termina y que comienza la serialización del nuevo “Hombre Máquina” de Barry Windsor-Smith. Miller seguirá explorando esas preocupaciones en la serie “Give me Liberty” junto a Dave Gibbons, en la dupla sobre el caballero oscuro decadente y en el álbum al servicio del arte hiperdetallista de Geoff Darrow, “Hard Boiled” muy relacionado temática y estilísticamente con este “Ronin” que entre sus distintos temas explora la relación/integración del cuerpo y la tecnología.

Miller era entonces una especie de pesimista esperanzado.  Un anarquista de derechas, como John Milius, que ponía su fe en valores simples y eternos y que guiaba a sus héroes hacia un apocalipsis personal que era, en un nivel metafórico y literal, universal. Para crear era necesario autodestruirse y destruir el viejo orden. Como en las historias de espada y brujería, y en ese estrato primordial esta es una, el guerrero enfrenta a la magia (la tecnología) con su espada… y por supuesto la conquista, aunque tenga que arrasar con todo en el camino, incluso, a veces, con la propia obra que contiene la historia.

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