El hombre dibujado

la esbilla entintada

Zeitgeist: Ghost World meets Seinfeld

Una versión diferente de este texto apareció originalmente en Ultramundo

Ghost World Mundo Fantasmal Daniel Clowes

Vuelta a leer hoy, “Ghost World” me ha recordado a “Seinfeld”. A su versión del otro lado del espejo. Enid y Rebecca son lo contrario, en principio, de los urbanitas protagonistas de la obra maestra de Larry David y Jerry Seinfeld, pero, en cierto modo, su paisaje es homologable. El Nueva York de “Seinfeld” es un espacio tan cerrado e impermeable como el Cualquieratown de Daniel Clowes, un ejemplo arquetípico de la América suburbial en plano horizontal. La ciudad norteamericana media como espacio nihilista.

“Seinfeld” comenzó a emitirse en 1989 y se despidió dela NBC en 1998. Atravesó la década, definiéndola. “Ghost World” se publicó entre el 93 y el 897, en tiras breves contenidas en la revista ya legendaria Bola Ocho, fundada por el propio Clowes y pilar del comic underground USA. El primero número de la revista, editada por Fantagraphics, se vendió, precisamente, en 1989. Ambas son encapsulaciones de unos ambientes, unas mentalidades y un tiempo en formato breve: 25 minutos “Seinfeld”, ocho página “Ghost World”, dos personajes sentados en una cafetería hablando de chorradas: el esqueleto de una idea, trabajos sobre la nada; ambas, también, alcanzaron el éxito y no temieron a los peligros de la comercialización, porque se realizaron siempre en los términos de sus autores; ninguna se banalizó, ninguna se vendió. Incluso la versión, diferente, en cine de la obra deClowes, firmada en 2001 por Terry Zwigoff respeta el tono original, si bien opta por una historia que articula las peripecias de sus protagonistas y profundiza en la ternura inherente a las viñetas.

“Seinfeld” era la serie que no iba de nada, el humor observacional del stand-up sus artífices, Jerry Seinfeld y Larry David, llevado al formato sitcom. Como “Ghost World” gira en torno a exasperantes comentarios sobre los elementos más nimios y repetitivos de la cotidianeidad y la realidad. Esa vida moderna que, dicen Pablo und Destruktion que es como cruz. Aunque la sensibilidad de Clowes está permanentemente abierta al extrañamiento y la alienación comparte una obsesiva autoconciencia. El “Yo” es el elemento principal de ambos objetos. Un “Yo” desorientado, egoísta de un modo infantil. Un “Yo” que define los años 90. Es un egocentrismo cómico, aunque Clowes lo acerca hacia lo patético y lo melancólico; si bien Enid y Rebecca, es decir, Clowes desdoblado (quien, además, en un ejercicio de autoficción se incluye brevemente en la obra) disfrazan esto tras otro rasgo plenamente noventero: el cinismo.

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“Ghost World” es un cómic posmoderno sobre la posmodernidad, donde todo es kistch y todo es irónico. Enid se complace en cultivar una imagen de rareza, de diferencia, aunque lo hace siguiendo patrones establecidos, modas del pasado, imitándolas/recreándolas entre el homenaje y la parodia. La existencia de las dos amigas en el impasse del verano donde ya tiene dieciocho años se desarrolla en un limbo de locales camp, fantasías sobre personajes extravagantes, tiendas de rarezas, vestigios del pasado pop y recuerdos de la infancia inmediata, ya quemada e imposible de recuperar: la primera quiebra de la madurez, el golpe definitivo.

El cómic de Clowes es eso que los anglosajones llaman un “comming of age”, un relato de madurez, de paso a la edad adulta, un relato, en muchos sentidos, existencialista. Leído en su formato libro esto va siendo perceptible según avanzan las breves historias, según vemos evolucionar a los personajes, ampliarse su círculo y nos damos cuenta, con un estremecimiento, que no es más que la soga para que se ahorquen ellos solos. Enid y Rebecca llegan a un punto donde la mentira, compasiva quizás, pero basada en la negación del porvenir, traspasa el velo de la conciencia y se convierte en un artificio que ni sus inventoras se creen. “Ghost World” es la historia de una ruptura, la de la última amistad que nos une con la infancia y en consecuencia la de la búsqueda de la identidad en un mundo sin significado real; en un mundo fantasma.

El minimalismo gráfico y la economía expresiva de Daniel Clowes, su formidable manejo de la elipsis por ejemplo, alcanza su punto de depuración en “Ghost World”. La rigorista cadencia de la viñeta, que se rompe durante determinado flashback o narraciones fantaseadas, produce un ritmo angustioso, que entra en tensión con el humor, progresivamente amargo, que marca la búsqueda de una identidad. No es un tragedia, tampoco; es una comedia triste, la de todos los días, pero relatada en un verdoso color crepuscular.

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