El hombre dibujado

la esbilla entintada

Raciones de felicidad: Johan y Pirluit. Aventuras con Peyo

Publicado en Mas 24

Mini-johan-y-perluit_sampleJohan nació en Bélgica, en 1947; bueno lo nació Peyo, que era y fue, su guionista y dibujante. Johan era entonces un solitario, un héroe desfacedor de entuertos alto y rubio dibujado con un estilo de cartoon norteamericano

Su infancia heroica la pasó en los diarios Le Dernière Heure y Le Soir. Pero su juventud, durante la cual mutó en un muchacho moreno, despierto y vivaz, se desarrolló en las páginas de la mítica cabecera de Le Journal de Spirou, en su versión belga. Era 1952 y la influencia de la escuela de Mercinelle llevó a Peyo a su definitivo estilo, ágil y caricaturesco, que como en el caso de otro miembros de esta informal, en todos los sentidos, corriente, se oponía  a la línea clara de la escuela bruselense, la de Tintín o Blake y Mortimer, la de HergéEdgar Pierre Jacobs.

La escuela de Marcinelle es tan informa, de hecho, que hasta se la conoce también como escuela de Charleroi, ya que aquella pequeña ciudad industrial tenía su sede la editorial Dupuis. Marcinelle, que era otra ciudad igual de pequeña, era el lugar de reunión, auspiciado por Jijé, el patrón de todos ellos, para Morris, Franquin, Roba, Jidéhem, Will o el propio Peyo.

Marcinelle era una tormenta de ideas, de humor e influencias, de feliz colaboración en una revista que estaba presidida por el humor y el sentido lúdico de la existencia y el oficio. Si el primer Johan estaba realizado con un ojo puesto en otro personaje medieval coetáneo, el Jehan Niguedouille que realizaba Peclers en el semanario Wrill, publicado en Lieja, la confluencia de talentos y el particular espíritu de su nueva u definitiva casa llevaría a Peyo a reformular paulatinamente personaje y universo, abriéndolo desde cierto clasicismo aventurero, basado sobre todo en las intrigas palaciegas que el autor recuperaría una y otra vez, a la fantasía y la comedia. El autor adquiría en el proceso  una mayor seguridad y soltura como dibujante, que le impulsaba a  privilegiar la agitación y la acción, hasta el punto de lograr gags recurrentes como las tumultuosas peleas de la obra maestra La guerra de las siete fuentes, en la cual Peyo lograba su vieja aspiración de un villano colectivo.

A lo largo de álbumes iníciales como El señor de Basenhau o El usurpador de Bellobosque, Peyo evolucionaba gráficamente, pero presentaba todavía un personaje demasiado monolítico, un héroe duro, algo falto de la calidez al cual le faltaba su aportaría su Sancho Panza particular. No tardaría en llegar.

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Pirluit, bajito y rubio, vago, deslenguado y fartón es todo lo que no es Johan. Es el antihéroe del héroe, su cara humana, que evita que este, con su impulsividad y su exacerbada honradez, se aleje de nosotros como lectores.  Pirluit va contaminando la pureza de Johan pera hacer de este un personaje más cercano, es el pícaro del héroe, su perfecto complemento siempre buscando escabullirse de la próxima aventura insensata, siempre ingeniando unan manera oblicua de enfrentarse a los problemas. Pirluit había nacido, junto a su inseparable cabra Biquette, como personaje secundario en Le Lutin du Bois aux Roches, álbum recopilado en 1954 y lo hizo para quedarse en virtud de la aceptación popular de aquel necesario contrapunto. Se integró tanto que la cabecera pasó a ser Johan y Pirluit, determinando la indisociable existencia de ambos.

9782800143521Peyo desarrolla en la serie su propia versión en tebeo de los cantares de gesta medievales, tomando, caso de La guerra de las siete fuentes, pasajes y elementos, a veces concretos, a veces dispersos, del folklor y la historia belga, llenando el tebeo de referencias a personajes, hechos y lugares reales. Y junto a ellos la fantasía, que junto a la definición de estilo definitiva del autor fue el componente que disparó la serie.

Pero la fantasía tiene un peligro, y es que si la sueltas termina por comérselo todo.  Con la forma de unos pequeños duendes azules, que caminaban a saltos y hablaban una extraña jerga, Johan y Pirluit comenzó a pitufarse cuando esto irrumpieron en el ya clásico La flauta de los seis agujeros, de inmediato retitulada La flauta de los seis Pitufos. Serializada en 1958 y recopilada luego en 1960 en ella Pirluit encontraba un flauta mágica que no solo hacía soportable su música, sino que obligaba a bailar sin parar a todo aquel que la escuchase… lo que ocurre es que aquel instrumento pertenecía al Gran Pitufo, o Papá Pitufo, como terminamos conociéndolo por aquí.

Aquel álbum supuso el pináculo de la popularidad de la cabecera, pero uno empieza a pitufar y ya no se sabe cuando se termina. Peyo, pese a lo que pudiera suponer de merma en la popularidad de sus personajes preferidos, determinó dosificar  a los pitufos, manteniéndolos como un recurso puntual, como mágicos artistas invitados que podían asomarse por los más insospechados resquicios. Los pitufos, pese a esto, terminaron por zamparse la producción de Peyo. Se independizaron y absorbieron el trabajo y el tiempo del autor, al tiempo que su invasiva popularidad pitufase, para mal, el resto de las publicaciones y personajes, que como en el caso de Johan y Pirluit quedaban opacados, o azulados, para la posteridad.

Peyo se vio obligado a dejar a Johan y Pirluit en 1970, con el último recopilatorio, El sortilegio de Malasombra, que a modo de despedida volvía a reunir a sus héroes con los pitufos. Era un adiós hermoso y algo triste, no por el tebeo en sí que desborda humor y aventura con un Peyo en la cumbre de su arte, sino por lo que tiene de crepuscular ese encuentro, por una última vez, de la obra maestra de una autor y de su creación más popular y cómo ambas podía convivir en la página, pero no en la industria, donde los pitufos habían impuesto un ritmo infernal que Johan y Pirluit, es decir Peyo, no podían seguir.

Dolmen ha recuperado para el lector español las hazañas cómicas, vitalistas y luminosas de Johan y Pirluit en unos maravillosos tomos en tapa dura, repletos de extras y con el tratamiento de clásico que el material merece. Son raciones de felicidad, no empañadas por una nostalgia equivocada, sino muestras de la pureza de un artista genial en un momento genial de su carrera.

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2 comentarios el “Raciones de felicidad: Johan y Pirluit. Aventuras con Peyo

  1. John Space
    15 Jul 2014

    “después de que estos hubiesen estado ausentes en el anterior, El país maldito”
    Igual lo he leído mal, pero los pitufos sí aparecen en _El país maldito_. En todo caso, Johan y Pirluit sigue siendo un clásico que merece más atención de la que recibe.

    • adrián esbilla
      15 Jul 2014

      Lo ha leído bien, el que lo leí mal fui yo. Pero se corrige al punto.

      Yo lo he redescubierto hace poco, después de haber leído bastantes de aquellos Olé! de guaje y me han sorprendido para muy bien. Mucho, pero mucho mejor de como los recordaba. Una delicia total.

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