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El negocio de Cogan: Mátalos suavemente, el submundo de George V. Higgins

Publicada originalmente en Cinearchivo
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Al final de Música de callejón, la tercera de las novelas de George Pellecanos protagonizadas por el investigador de Washington Derek Strange, el protagonista, Strange, dice que solo hay una regla: «el que sobrevive, gana».
Jackie Cogan, que no es el protagonista de Mátalos suavemente, sino solo uno de los personajes de un sistema coral, es el encargado de ir retirando a los perdedores del juego. Un juego que por su simplicidad resulta
endiabladamente complicado.
Él mismo lo explica cuando dice que hay gente que muere por lo que hizo y gente que muere por lo que no hizo y que eso da igual. Lo que importa es la impresión que los demás tengan de ti; si piensan que cometiste un error, con que solo lo piensen, estás fuera. Y fuera significa muerto.
Cogan’s Trade —algo así como El negocio de Cogan, aunque también La clientela de Cogan—, escrita en 1974, es una prolongación literal y extremadamente coherente de la primera novela de Higgins Los amigos de Eddie Coylecon la cual enlaza mediante el personaje de Dillonun asesino por contrato que aquí permanece constantemente en off y que es el nombre que avala a Cogan para el trabajo. El mundo es el mismo: el Boston de la clase obrera del crimen—ignoro si también lo comparte con la intermedia The Digger’s Game publicada en el 73—. La estrategia idéntica: una trama mínima donde lo que importa es la captación psicológica de los personajes en base a un intrincado sistema de relaciones laborales y de (pseudo)amistad. Para ello Higgins minimiza lo descriptivo y atomiza lo dialogado en un conjunto a la vez ascético y recargado, minimalista y barroco, estilizado y concreto, documental y literario. Los largos pasajes dialogados ocultan dos o tres frases implacables en mitad de un bosque de circunloquios, de lógica sinuosa que esconde y muestra al tiempo, como una partida de cartas.
Los personajes hablan constantemente porque están acojonados y solos, y porque son estúpidos. Se confiesan, se cuentan anécdotas, se desvían en una reproducción hipnótica de las corrientes de pensamiento. Unas digresiones que paralizan la narrativa en el tiempo, dilatándola, dándola a las novelas de Higgins que he leído un particularísimo equilibro entre lo dilatado y lo elíptico, entre la esponjosa lógica de las relaciones y sus códigos implícitos de amenaza, familiaridad y aproximación, y la seca fugacidad de la violencia. Higgins es tanto un estenógrafo como un poeta, por cuanto recoge la realidad para elaborarla de nuevo según una métrica minuciosa, de tal modo que lo que para nosotros antes quizás fuese estática y confusión ahora es verdad revelada. Y como hablan tanto resulta que hablan demasiado. Siempre se les escapa lo que no deben porque, ya lo he dicho, son estúpidos, y porque están solos y están acojonados.
Cogan destaca entre ellos en virtud de un laconismo que define al único tipo que tiene claro lo que debe hacer y lo hace. Quizás esta parquedad por contraste del personaje simbolice su adscripción no tanto a la violencia -que también puede ser retórica como el capítulo de la paliza que los hermanos Caprio dan a Markie Trattman, el responsable de la timba asaltada que pone en marcha el imparable mecanismo de la historia- como a lo definitivo de la misma: la muerte.
En la parte final de la más que razonablemente fiel adaptación que Andrew Dominik ha realizado de la novela, el Jackie Cogan encarnado por Brad Pitt dice que «América no es un país, solo es un negocio». Aunque la versión de Dominik sea mucho más explícita en el contenido político –no solo ese ruido de fondo, en terminología de Don DeLillo, que es la campaña McCain/Obama  funcionando a modo de (literal) comentario satírico de la trama criminal, sino también el cambio de localización de Boston por una tétrica Nueva Orleans post-Katrina— las novelas de principios de los 70 de Higgins ya incorporaban similar lógica empresarial. Una donde el crimen organizado es un holding despersonalizado, sin rostro. Algo avanzado en las contundentes novelas del ciclo Parker escritas por Richard Stark, en la cuales su anti-héroe se enfrentaba a un entramado superior y anónimo conocido como La Organización y recogido en la reciente No es país para viejos por Cormac MaCarthy, novela esta en la cual se notan tanto las influencias de Higgins como las de Stark, todo sea dicho.
El submundo criminal de Higginns está dominado por la mecánica despiadada del mercado, donde los hombres que dominan el negocio carecen de contacto con la realidad mundana y el personal intermedio vive aterrorizado, dividido entre intentar medrar o pasar lo más desapercibido posible subcontratando los trabajos en mano de obra cada vez peor cualificada;  un sistema sobre el cual, además, se ejerce un férreo control de daños tendente a minimizar las pérdidas económicas a costa de practicar una política laboral implacable en la cual los despidos son para siempre si te visitan especialistas como Jackie Cogan.•
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