El hombre dibujado

la esbilla entintada

La gran tristeza: El bosque de los suicidas, El Torres / Gabriel Hernández, 2011

El bosque de los suicidas, El Torres / Gabriel Hernández, 2011

Publicada originalmente en Ultramundo junto a sendas entrevistas con los autores: http://cineultramundo.blogspot.com/search/label/El%20Torres 

Incursión en el J-Horror en versión tebeística por parte de dos autores españoles, El Torres, ya veterano guionista y editor independiente con diversos proyectos a sus espaldas y el dibujante Gabriel Hernández, un valor realmente talentoso y personal, de estilo distintivo, en absoluto adocenado, los cuales ya había entregado previamente otro trabajo de horror sobrenatural, The Vault que, por desgracia a la vista de la calidad del presente, todavía no he leído.

El bosque de los suicidas, amorosamente editado por Dibbuks, es un aproximación, quizás tardía pero apreciable por su sequedad, al prontuario de las muertas y la culpa de la ficción nipóna fantaterrorífica relanzada cinematográficamente  a partir del The ring de Hideo Nakata. Pero la adscripción a un mundo ajeno y reglado no supone un simple producto derivativo gracias a la convicción en lo narrado, a una mirada que aparta cualquier tentación al guiño, privilegiando la creación de una atmósfera que iguala tristeza y terror. Al igual que muchas de aquellas obras lanzadas desde mediados de los 90 esta es una inmersión en un género ya codificado con la intención de emplearlo para expresar, además, una serie de angustias relacionadas con la alienación, el pánico al mundo moderno, la pérdida, la culpa (vértice principal del kaidan, de las narraciones de fantasmas dolientes) y especialmente la soledad.
Si bien los mayores aciertos se localizan en el segundo bloque del tebeo, el que se desarrolla dentro del bosque de Aokigahara (un lugar real a donde iban a suicidarse los adolescentes perdidos),  en virtud de su concreción de espacio y tiempo, no lo es menos que las decisiones narrativas más elegantes e ingeniosas, resueltas con mayor oficio (o inspiración) se localizan a lo largo de la primera parte, pese a que esta resulte algo desequilibrada, con elementos dispuestos de forma atropellada y, principalmente, con un tono molesto, artificioso, de falta de naturalidad. Dando la impresión de que estamos leyendo una traducción y a la vez dejando, de fondo, un soniquete raro, una impostura provocada por la desafortunada inclusión de vocablos en japonés que se hacen innecesarios gracias a la brillantez y autenticidad con que se retrata el decorado y se caracteriza a los personajes. Todo sea dicho, este es un mal menor que se abandona pronto.

De regreso a la estructura, en esta primera mitad encontramos los momentos más tópicos. Por ejemplo  los ataques del fantasma de la joven suicida, afortunadamente muy bien plasmados mediante una gradación del suspense basada en el ritmo monótono de la viñeta rectangular que se cierra sistemáticamente en una ilustración a toda página. Los dos asesinatos se planifican de idéntica manera, con lo cual el segundo ya pone en guardia al ser una reminiscencia gráfica del primero. Además su economía narrativa, solo dos páginas por crimen, expresa por si mismo el ejercicio de síntesis, admirable, que supone el cómic. El conjunto guardando un tempo cadencioso, no desperdicia espacio con relleno ni alarga la trama. Brillante es, en este sentido la audaz, por brusca, por violenta, elipsis que da cuenta, en una sola viñeta, del inicio del romance entre Alan y Masami, y su abrupto final dejando en la sangría toda una historia que no es difícil imaginar como llena de sentimientos de culpa, dependencia insana y violencia pasivo-agresiva.
En general todo este bloque está dominado por un dispositivo narrativo/representativo basado en la simultaneidad de las acciones, en el montaje paralelo, por utilizar (mal) terminología importada. Las evoluciones de Alan en la ciudad intentando olvidar a Masami, el penoso viaje de esta a Aokigahara con objeto de matarse y la noche que, junto a un cadáver, pasa la guardabosques Ryoko (personaje-eje del relato al estar en contacto con el mundo real y el espiritual) con el fin de, según la tradición que ya solo ella parece respetar, apaciguar a unos espíritus que, como vemos, son perfectamente reales, se alternan en un crescendo dramático logrado mediante el rigor imperturbable en el diseño de la página. 6 viñetas cuadradas, que solo en su resolución, de una sordidez dolorosa en virtud del cinemático empleo de los planos de detalle, alternarán dos acciones/personajes distintos en la misma página, expresando así el paralelismo exacto en el tiempo y el impacto dramático que supone la muerte de Masami, el punto de inflexión de la historia. No en vano en la siguiente página hace ya irrupción lo fantástico.

Si la efectividad de la síntesis de guión y la escueta elegancia expresiva del dibujo falsamente emborronado de Hernández funcionan razonablemente bien durante todo el tramo algo más esquemáticas se quedan las caracterizaciones y un tanto abruptos algunos momentos, aunque aquí nuevamente lo suaviza el vigor en la caracterización de los lápices del dibujante, muy expresivo en los rostros y con facilidad para saltar de lo esquemático a lo minucioso sin variar su estilo sucio, equívocamente emborronado que sabe siempre precisar el punto de interés para el ojo del lector. Maneja igualmente con brío el color, mortecino, oscuro, otoñal y macilento a juego con los sentimientos que emana de lo contado, hasta el punto de hacer emerger sus dibujos directamente desde manchas. Algo que cobra especial relevancia en el largo tramo final localizado en el interino de un bosque al cual representa casi de modo abstracto, dando impresión de un lugar entre mundos, ominoso, progresivamente estilizado e inconcreto, muy diferente, desde luego al anónimo aire otoñal con el cual lo representa al finalizar la pesadilla, con la luz del sol.

Este segundo bloque mejora en cuanto a la constancia del ritmo y al interés del personaje de Ryoko, el mejor definido del cómic. Guarda imágenes horroríficas de mérito y un nuevo requiebro estilístico que da cuenta de la sutileza y conocimiento del oficio y de los resortes del medio con el cual está realizado: Otra vez el encuentro más íntimo con lo fantástico supone una ruptura en la planificación. Se pasa del ritmo constante que imponía un estilo de paginación muy sobrio, punteado, como puntos y aparte dentro de una frase, por splash pages para los momento de mayor horror, a una ruptura del espacio en base a la inclusión de viñetas de dimensiones diferentes que alteran el tempo, acelerándolo en este caso para narrar nuevamente en paralelo y con extraordinaria brevedad las diferentes culpas de Alan y Ryoko, las razones verdaderas que les han llevado allí, al corazón de Aokigahara buscando él a Masami y ella a su padre. Pequeñas viñetas “sterankianas” anuncian la ruptura y luego este mismo recurso se incrustada en el centro de los flashbacks paralelos provocando un efecto vertiginoso agudizado por un cambio en el tratamiento del color, un efecto emplastado, velado, particularmente sucio y el uso del tippex para dividir abruptamente las cuadrículas.
En definitiva un obra de género bien asumida, rebosante de oficio narrativo y nervio plástico, de notable tristeza y cierto esquematismo, que no siempre escapa a la tentación de la mirada exótica pero que lo intenta a golpe de modestia y melancolía.

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