El hombre dibujado

la esbilla entintada

El ferruñu: La balada del pitbull, Pablo Rivero, 2002

La balada del pitbull, Pablo Rivero, 2002.

Kiko Amat publicaba en 2009 un excepcional artículo, o directamente ensayo, sobre la literatura obrera de verdad. Es decir, no aquella escrita desde la distancia, ni producto de la inmersión,  sino de la inmediatez, de la autenticidad. Escrita por obreros, sobre obreros  y para obreros. Literatura de clase en sentido estricto, sin disfrazar, con orgullo, con cojones, sin vergüenza.  Amat se centraba en Inglaterra, donde recorría en dos direcciones el camino hasta/desde los Angry Young Men de los últimos 50 (Osborne, Sillitoe, Delaney), en la narrativa marginal norteamericana donde caben John Fante, Nelson Algren o Harry Crews, y en la especificidad, si la hubiere, española. Latigazos a los autores catalanes y elogios a Casavella llevaban al reconocimiento de dos autores genuinos: uno el madrileño Carlos Herrero, del cual se recomendaba Prosperidad (2007), el otro  el gijonés Pablo Rivero de quien se elogiaba La balada del pitbull, publicada por la local Trea en 2002.

La balada del pitbull es una vomitera. Cien páginas de nausea obcecada. No tanto historia como recuento de experiencias contadas con ritmo percutante, un metrónomo que mezcla odio y orgullo con un lenguaje sencillo, seco y en corto, solo zancadilleado por algunas fugas de escritor donde lo literario se impone al naturalismo bárbaro.

Contada en retrospectiva por un protagonista/testigo que expone minuciosamente sus miserias (sociales, económicas, morales) y las de su entorno el flujo narrativo/descriptivo recuerda al derrame desafiante del anti-héroe de La soledad del corredor de fondo de Alan Sillitoe, quien reclamaba obstinadamente una honestidad que fuera propia y no impuesta. Una honestidad asocial, rabiosa y contradictoria, sí. Pero única, genuina.

Rivero comprende, y por eso la confusión, por eso la violencia nihilista, por eso el círculo irrompible, pero no moraliza. Hay pena porque hay fogonazos de lucidez, esos momento en los cuales te ves desde fuera como si no fueras tú, como si estuvieses ajeno, como lo ve el narrador que es capaz de contar su historia hasta en sus puntos más sórdidos  (y abundan las muertes patéticas, las humillaciones vergonzantes y recurrentes, la estupidez o una idea especialmente penetrante sobre la incapacidad sexual que nace de la incapacidad de comunicación sana) en los cuales a veces se recrea. Y en la recreación está la pose, no la verdad. También hay un exceso de tremendismo, que por otra parte conecta con el realismo grotesco español, con un esperpento que aquí aparece filtrado por el Irvine Welsh de la fundamental Trainspotting, publicada en 1993. Pero pese a estos elementos puntuales Rivero no es un impostor, ni tampoco un miembro perdido de ninguna generación X. Es un cronista de su entorno, un escritor de clase que en esta novela cuenta hacia la nada entre la vibración de bancos del parque, motos trucadas, discotecas de pijos y el fondo sur de El Molinón. Desesperanza, rechazo, violencia… chavales obtusos en una ciudad degradada, de ferruñu y reconversión perpetua.

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