El hombre dibujado

la esbilla entintada

Gallardo y calavera: “Jack de Fábulas: Fin”, Bill Willingham/Matthew Sturges, Andrew Pepoy, 2011.

Jack deFábulas: Fin, Bill Willingham/Matthew Sturges, Andrew Pepoy, 2011.

Publicado originalmente en Ultramundo: critica-de-jack-de-fabulas-finn9-por.html

Se acabó, Fin del viaje. 50 número alargados mucho más allá de lo razonable se cierran de acuerdo a lo que ha sido la tónica de la serie desde el infausto El gran cruce de las Fábulas. Es decir, humor de brocha gorda, gracia cada vez más intermitente y la acumulación sustituyendo a la narración. Disparatado todo ello claro, pero en el peor sentido, en el de preciso disparate, en el de contumaz chorrada.
Regresamos por tanto al fabulverso más estricto después de ese agradecido interludio que supuso el arco Los reyes del Cielo y la Tierra, una parodia de la imaginería pulp a lo Flash Gordon y los mundos medivalizantes/fantacientíficos de la high-fantasy, un poco una suerte de Smax The Barbarian con elementos del Mundodisco de Terry Pratchet pero de espíritu cochambroso y burro, y que, sorpresivamente, atesoraba dos páginas finales, buey azul aparte, verdaderamente hermosas y emocionantes. Se aparca, de tal manera, el protagonismo en solitario de ese contario exacto de Jack que es su propio hijo Jack Frost; heroico frente al interés, ingenuo frente al cinismo, valeroso frente a la cobardía y enamoradizo frente a la rapacidad sexual. A su modo la parodia del anti-héroe que a su vez era la parodia del héroe.

En fin, en Jack de Fábulas todo se enrosca de un modo tan interesante como finalmente inconsecuente dando la impresión de una serie en perpetua huida hacía adelante, (auto)desperdiciada por la incapacidad de tomarse en serio sus propias ideas cuando son buenas y una bastante irritante querencia por estirarlas cuando son malas. De tal modo que este volumen último supone un regreso a los rescoldos de la guerra contra los Literales y la destrucción de la biblioteca. Todo aquel largo arco argumental en el que Willingham y Sturges se empantanaron cuando les dio el arrebato de pensar que eran Grant Morrison y decidieron jugar a ser metatextuales sin pararse antes a calibrar las consecuencias obligatoriamente destructivas que esto presentaría para con sus universo Fábulas, algo que el escocés manejó primorosamente en su magistral Animal Man, donde se lograba una conexión emocional insólita al tiempo que se exponía de forma tan cruda como sofisticada la realidad “real” de un medio y un lenguaje. Los guionista de al presente prefirieron la vía caricaturesca y esta, claro, se agotó pronto exponiendo sus limitaciones como creadores de manera bastante lamentable. Aquello que, en coherencia, debería haber supuesto el final del fabulverso (o bien la definitiva incorporación de autores y lectores a ese mismo universo a modo de personajes también) se saldó con una nadie se acuerda y punto. Un escamoteo.

A esa herida abierta se regresa para acabar como se pueda con la serie que, con su nacimiento, reveló la enorme pujanza comercia y la, entonces, fortaleza artística, de aquel fascinante mundo creado por Bill Willingham. Estos cuatro números de cierre son, como ya quedó dicho al principio, un compendio/resumen de los desastres generales hacia los cuales se fue abocando la serie, y, al igual que ella, todavía conserva puntuales buenos momentos, fogonazos de inspiración entre un marasmo de apresuramientos, humor progresivamente soez y pobreza general en cuanto a la elaboración. La historia comienza in media res, el reparto vuelve a ser coral y la confusión, derivada principalmente de estas dos razones principales, absoluta. Willingham y Sturges, vista la necesidad de finiquitar una serie que ya estaba sentenciada a la cancelación, precipitan el asunto y deciden, con bien poca fortuna, que todo puede ser contado a la vez: el pasado, el presente e, incluso, el futuro de los personajes, multitudinarios para mayor confusionismo: las hermanas Page (las cuales está grotescamente caracterizadas. Hasta el punto que su efusión de armas, posturitas calentorras y disfraces cretinos, tan exageradamente subrayados, puede verse como una cruel broma sobre lo que les espera a tantos personajes con esta segunda venida de los noventa que parece acosar al tebeo comercial norteamericano) , Jack Frost y su búho (reconstruido en oro) McDuff, John Malvado -enajenado y que por fin abandona, Excalibur en el pecho y todo, el Gran Cañón donde se ha convertido en una patética atracción de feria- , todas las fábulas huidas de las Ramas Doradas e instaladas, con bastante éxito comercial, en un complejo de ocio en mitad del medio oeste, todo lo cual añade un ítem más a los constantes latigazos que al serie
reparte y repartió hacía la cultura basura norteamericana (y que en esta saga se hace extensiva al contraste entre los USA y Canadá, con algunos gags verdaderamente afortunados, todo sea dicho) y, por supuesto Jack, convertido en dragón por sus pecados y el atontolinado de su fiel compinche Gary, antaño la patética falacia; el más poderoso de los Literales, y el más estúpido con ventaja.
Si los guionistas no están más entonados que de costumbre al menos Tony Akins, auxiliado en las tintas por Andrew Pepoy, mantiene el buen tono incluso cuando tira por lo fácil, como ese largo clímax final a golpe de splash page, progresivamente vaciadas de personajes hasta el enfrentamiento singular entre padre e hijo, entre dragón y matadragones. Por lo demás continúa con su narrativa limpia, con pocos, o ningún, experimento en cuanto a diseño de páginas y viñeteado (todo lo cual se agradece al ayudar a situarse al lector frente al batiburrillo que es el guión) y una óptima, para las necesidades de la serie, expresividad y caracterización. Además, y para esta ocasión únicamente, se reserva un cambio de estilo sorprendente que unido a, esta vez sí, un golpe de inspiración en los escritores (redondeado por la labor al color de Daniel Vozzo) termina por sintetizar en lo mejor del tomo: una tira cómica sobre Jack el Dragón y Gary. De tal manera estos personajes son de nuevo presentados al lector, que ya hace un puñado de números que no los ve, como una divertida “extraña pareja”, un matrimonio disfuncional con un dibujo y un tono (equívoco) entre Hanna Barbera o la Nancy de Ernie Bushmiller, una parodia retro-naif de crujiente humor negro tizón que no solo es lo más divertido del volumen sino la más sofisticada utilización del medio, tanto como artefacto metalingúistico como a modo de dispositivo narrativo de contundente expresividad por contraste. En la mejor idea de planificación del tomo la conclusión del último gag del pareja se nos presenta al girar la página y pasarse, sin solución de continuidad, del colorista chistecillo de un par de monigotes entrañables al tétrico interior de una cueva presidida por un hombrecillo decrépito y un monstruoso dragón.

Un extraño choque de realidades/ficciones que da idea de cómo las diferencias de enfoque y tono pueden condicionar a unos mismos personajes/universo. Un descanso inteligente en mitad de una carrera alocada hacia la nada durante el cual los personajes resultan más descerebrados que nunca. Todo supeditado bien al capricho, bien al supuesto absurdo, bien a la necesidad de terminar con todo de una vez (o casi). Nihilismo de guión (y de salón) que cristaliza en un final hecatómbico, es decir en una masacre tan gratuita como todo lo anterior, donde la ironía es confundida con el sarcasmo con demasiada frecuencia. Por cierto que en un detalle feísimo el tomo carece de las portadas originales de Brian Bolland, lo mejor de la serie.

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