El hombre dibujado

la esbilla entintada

¿Susto o muerte?: Creepy, una recopilación.

Originalmente publicado en Ultramundocritica-del-creepy-n1-por-adrian.html

James Warren sabía que el ostracismo calamitoso del cómic adulto en los Estados Unidos no podía durar tanto. A la altura de 1964 hacía una década del fin de la EC y con ella del empobrecimiento de la cultura pop norteamericana. La seducción del inocente del inefable psiquiatra Frederick Wertham quedaba aparentemente lejana, la férrea censura del Comics Code Authority había comenzado a aflojarse gracias a los vacíos por los cuales se colaba la nueva expresividad del tebeo underground y en esos lugares de nadie donde colisionaba el mainstream y la independencia había decidido moverse Warren. Primero en revistas de fan tan legendarias como Famous Monsters of Film Land, editada en Hollywood junto a Forry J. Akerman y pronto introduciendo el lenguaje del tebeo, o más bien del relato ilustrado, en Monster World, para la cual rescataría a algunos de los artistas de la EC. El paso natural era decidirse a resucitar el espíritu de la década anterior, volver a traer el horror a la joven América.

Nace entonces Creepy (pocos meses después lo hará su primo Eerie), una revista en blanco y negro compuesta de historias cortas de entre seis y ocho páginas y presidida tanto por el recurso al clasicismo gótico y a la memorabilia más familiar del género como al suspense/terror psicológico con irónico twist final que había sido también sello distintivo de la EC todo lo cual se sumaba, por que no, la ciencia ficción, el romanticismo mórbido o la simple humorada negra. Así se enarbolaba una filiación simultáneamente literaria ( y comiquera, por supuesto, no solo en el referente directo EC al cual se homenajea/continua, sino incluso en una incursión metatextual curiosísima en el relato Una historia de éxito, sobre un autor sin talento que abusa de una serie de negros y al cual, con sano gusto autoparódico el propio Al Williamson, a la sazón dibujante, presta su físico), ya en este primer tomo se adapta a Poe, Ambrose Bierce y Stoker, y cinéfila (la veneración por el clasicismo Universal y las atmosféricas producciones de Val Lewton, aquí revisitados ambos en muchos sentidos, se da la mano con la pregnancia a los fenómenos contemporáneos de Roger Corman/Poe y de laHammer en su nuevas versiones erotizadas y maliciosas) desde la cual emerge la irrefrenable simpatía por el monster, a veces figura trágica, a veces irónica, por lo común triunfante de un modo u otro, por encima de un ser humano retratado en sus bajezas morales (ambición, traición, ignorancia,…) y por ello castigado. A su manera los cómics Creepy, como los EC antes eran moralizantes, o más bien ejemplarizantes.

En palabras de Manuel Barrero (Los cómics de Warren el marco del cómic de horror moderno en EEUU. Del terror elegante a la trivialización del miedo. Parte 4, Tebeosfera, Ensayos, 2005) las historias de Creepy se regían por “el modelo ordenado siguiente: orientación, complicación, evaluación, resolución y moraleja. Es decir, los actantes de los relatos orientan sus pasos hacia un deseo o un fin, ven complicadas sus intenciones a continuación, evalúan el modo de sortear los obstáculos, intentan resolver la situación límite (generalmente desesperada) y concluyen su andadura de manera (generalmente) desdichada. Los personajes de estas historietas se guían por el: no saber, deber actuar, saber, poder, no poder. O sea, parten de un desconocimiento hacia lo que se enfrentan, consideran que deben proceder de determinado modo, actúan en consecuencia, traban conocimiento con el foco de sus problemas o temores, creen poder superar las dificultades y sucumben a ellas. Este, como el anterior, es un esquema fatalista de aplicación general, que puede no ajustarse a algunas historietas de las publicadas en las revistas de Warren. El modelo, de igual modo, no es inamovible, pues observa modificaciones con el paso del tiempo.

Warren tenía claro el concepto y los medios: Creepy ofrecería calidad, no escondería su referente, incluso lo ondearía orgulloso mediante un desfile de nombres que habían pintado de negro, literal y metafórico, las páginas de los cómics EC desde finales de los 40 a mediados de los 50: de guionistas como Otto Binder, que adaptará por entregas a su personaje literario de Adam Link, el robot humanoide, hasta, y principalmente, una alineación de dibujantes atraídos por las condiciones de libertad creativa de la nueva publicación. De tal modo en este primer tomo espléndidamente editado por Planeta desfilan los lápices y tintas de Al Williamson, Reed Crandall, Angelo Torres, el legendario Joe Orlando o el no menos mítico Frank Frazetta, quien se despide aquí de las viñetas y se ocupa de todas las portadas a excepción de la primera, firmada por Jack Davis en un tono más cercano a MAD Magazine que a una publicación horrorífica pero de indiscutible potencial icónico. A ellos se unirán talentos reclutados desde diversas publicaciones, con orientación hacia la ilustración, desde tiras de prensa y tebeos sci-fi y pulp, es decir fuera del ámbito superheroico, como Gray Morrow, Alden “Al” McWillams o también todoterrenos de singular personalidad propia, caso del genial Alex Toth. Para la edición y los guiones Warren se apoyará primero en Russ Jones, un escritor canadiense que ejercerá a modo de mano derecha durante el proceso de creación y las primeras entregas y que luego dejará todo en manos del enérgico y emergente Archie Goodwin, el hombre con mejor fama en toda la historia del negocio. Hábil guionista que se ocupará de casi todas las historias de esta época inicial entre el 64 y el 67 y en especial un editor extraño, un hombre con talento para el talento, capacitado para crear un clima positivo puramente creativo, no en base a la presión sino a la libertad. De él seguramente es de quien depende esa sensación de perfecto acoplamiento entre las historias y los estilos de sus dibujantes, a los cuales daba rienda suelta en cuanto a experimentación gráfica.

El presente volumen recopila los números 1 al 5 de la revista, a caballo entre los años 64 y 65, en un lujoso tomo de tapa dura y esplendida reproducción de tintas que incluye una instructiva introducción a cargo de Jon B. Cook, experto en Warren Publishing y autor de The Warren Companion, libro definitivo sobre la compañía, y la reproducción, a todo color de las correspondientes portadas. De igual modo respeta la estructura interna del magazine incluyendo tanto los anuncios, desopilantes vistos desde hoy, como los correos. No hay que olvidar que una de las cosas, y no de las menos importantes, que James Warren recogió de la EC fue la de involucrar a los lectores con la publicación, ligándolo emocionalmente a la revista, haciéndolos partícipes directos de su crecimiento y evolución, tanto por medio de carnets, regalos, etc…, como a través de esa sección de correo, no solo contestada, sino atendida. Es decir las críticas, incluso las más duras, eran publicadas y tenidas en cuenta. Resulta instructivo leer como una recomendación hecha en el correo del, por ejemplo, Nº 2 aparece reflejada en alguna historia un par de números después. La línea editorial se mantenía así viva, expectante y en crecimiento. Por cierto que entre los “correeros” aparece el nombre del gran Bernie Wrightson, una década después autor él mismo en Creepy y aquí preguntando por su obviamente admirado y referente Frank Frazetta.

Si bien parece innegable que la reviste adolece de una irregularidad que casi puede decirse que es la naturaleza de su formato también es cierto que la evolución, o cuanto menos el asentamiento de una marca/estilo, resulta perceptible solo con estos cinco primeros números. En el primero la edición de las historia todavía corre a cargo de Joe Orlando, mientras la edición general ya quedó dicho que era responsabilidad de Russ Jones. Ambos rompen el fuego con una primera historia de vudú y crisis de pareja que define fondo y forma. Remita al modo de hacer de la EC por medio de una artista tan representativo como Orlando y presenta unas tintas negras densas y un tratamiento atmosférico del relato condicionado al efecto final (una de las pegas de este tipo de historias si no se maneja bien) junto a un dibujo expresivo al máximo, algo crispado en los gestos, grotesco incluso.

Buscando el contraste la segunda historia, curiosamente ecologista pero muy floja en cuanto a guión (de Larry Ivie) presenta una resolución plástica opuesta: estilización y gracia física cortesía de un inspiradísimo Al Williamson (asistido por Roy Krenkel), sin duda uno de los formalista más arriesgados y modernos de la revista. Frente a la rigidez de la paginación y disposición de las viñetas de la mayoría e sus colegas, algunos incluso cercanos al relato ilustrado, Williamson rompe con cualquier estructura clásica. Las viñetas se superponen, los tamaños varían, las formas se vuelven progresivamente caprichosas, los bordes se violentan, las figuras invaden la sangría o colonizan las cuadrículas vecinas…un estilo barroco, entre el hiperrealismo publicitario y la herencia de Alex Raymond, que prefigura el futuro desafuero de dibujantes como Jim Steranko,Gil Kane o Neal Adams. Más allá de renovaciones de estilo supone un avance de lenguaje y de lectura al pasarse de la palabra (la viñeta) a la frase (la página). El lector estará menos dirigido, su relación con el medio será más libre, también más compleja al requerirse un esfuerzo de comprensión diferente ante un espacio, o una interpretación del espacio, nueva. Se le ofrece el total, la cadencia debe ser por tanto otra. Bien es cierto que este trasteo con la simultaneidad de fondo y forma ya había estado presente en el archigenial Winsor McKay a principios de siglo o en el Spirit deWill Eisner pero fue desde finales de los 60 cuando se fue imponiendo en el comic-book comercial. Pero esto es ya otra historia.

Junto a otras historias de menor interés y diversa calidad, especialmente agradable el raro romanticismo vampírico de ¡Los vampiros vuelan al anochecer!, una joya de Reed Crandall autor demasiado olvidado pero cuya huella no es difícil de percibir en gente como Chris Weston o incluso en ciertos aspectos del Eddie Campbell de From Hell, lo más destacado de esta entrega inaugural radica en la ya mencionada pirueta metatextual Una historia de éxito y en el hecho de incluir el último tebeo dibujado al completo (aparecerá en la primera entrega de Las tétricas tradiciones de Creepy del número dos ilustrando una sola página) por en incalificable Fran Frazetta: una historia de hombres lobo y maldiciones africanas ennoblecida por sus figuras macizas.

En el segundo número, en el cual ya entra Archie Godwin como editor de historia, se aprecia un descenso de calidad en las historias, e incluso en los acabados, destacando en esa faceta las intervenciones de Crandall y Angelo Torres en una bellamente dibujada historia medieval. Lo más destacado resulta ser el simpático homenaje a los monsters clásicos que implica El guardarropa de los monstruos, guionizada por Otto Binder y dibujada por Gray Morrow y el inicio del serial entorno a las desventuras del robot Adam Link, una autoadaptación por parte de Binder que es, a su vez, una perífrasis de Frankenstein. Francamente ñoña y envejecida, a decir verdad.

El tercero es, por el contrario, el mejor número de este tomo recopilatorio. Lo es por tres historias: la formidable translación de El corazón delator de Poe, tétrica, viscosa, obsesiva y sardónica con una Reed Crandall jugando en otra liga. El magistral cuento de ciencia ficción paradójica Incidente en el más allá, el mejor guión de Goodwin en toda esta serie de cinco embellecido por una trabajo de Gray Morrow (otro autor con cierto deje publicitario) magistral, principalmente por el empleo, bellísimo, de las aguadas rematando un conjunto de similitudes con el futuro David Lloyd, por cierto. Una historia perfecta en su valoración/adecuación entre formato, tempo e impacto. La tercera, las más EC es Viaje de regreso una pútrida historia sobre un muerto viviente de repugnante ironía, donde se hace un llamativo empleo del flashbacks como método narrativo y que supone el mayor logro de un Joe Orlando desatado, con permiso para mostrar su denso, penetrante, sentido del horror físico y del asco en imágenes perturbadoras. La primera página, que da cuenta de la resurrección del protagonista, resulta inolvidable, de claro impacto cinematográfico a posteriori. La última, repulsiva.

Señalar finalmente al incorporación de la temática de la “casa encantada” al prontuario lo cual, y volviendo sobre Alan Moore, nos permite hilar su celebrada saga American Gothic para La Cosa del Pantano con estos cómics Creepy, amén de la explícitamente citada The House of Mystery/The House of Secrets de la propia DC, en la voluntad de resucitarlos de manera elegantemente oblicua y no literal, pasando, en el recorrido de La Cosa por la intrahistoria terrorífica de Norteamérica por los escenarios y figuras familiares de esta añejas historias de horror: vampiros, hombres lobo, maldiciones sureñas, casas encantadas,…todo tamizado por al sensibilidad del propio autor y por el contexto de los primeros 80. Un triunfo, sin duda alguna.
El cuarto vuelve a ser una entrega bastante mejorable lleno de historias anodinas y otra incursión en la ciencia-ficción, nefasta en este caso. No lo mejora la continuación de las penurias del insufrible Adam Link pero si lo anima el memorable chiste final sobre el origen secreto del Tío Creepy que cierra la despendolada Reunión de monstruos, una auténtica ensalada de figurones al gusto de la peor Universal rematada por la comparecencia de un mad doctor con el rostro de Vincente Price. Todo cortesía de unos divertidos Godwin y Angelo Torres. Por lo demás una apreciable adaptación de un relato de Ambrose Bierce, El engendro maldito, que se acoge más al relato ilustrado que al lenguaje del tebeo y el buen hacer de Crandall en una nueva vuelta de tuerca a la licantropía salvan el conjunto. De manera matemática el quinto reflota el nivel para dejar un estupendo sabor de boca final donde un afinado Goodwin presenta un terceto inicial a la medida de sus respectivos artistas: horror viscoso para Orlado en Reunión Familiar, tono “Poesque” para Angelo Torres en la magnífica Tumba prematura, otro cuentito perfectamente ajustado, obsesivo y jugosamente negro, y aventuras, egipcias en este caso, par Williamson en la simpática Arena maldita. El tomo lo cierra un western de textura hiperrealista a cargo de Morrow que vuelve sobre la temática de las maldiciones sin mayor transcendencia.

Entre medias una historia mayor, la versión de Bram Stoker titulada La casa del juez y al aparición, rompedora del gran Alex Toth. La primera da cuenta del progresivo dominio de Goodwin sobre al gradación de las historias, un tétrico cuento sobre casa encantadas de nuevo, y permita a Crandall un nuevo recital de habilidades, hasta el punto de que al historia podría prescindir por completo de diálogos y textos de apoyo. Pero no solo hay depuración narrativa, también creación de imágenes poderosas (las calaveras en al pupilas del juez) redondeado todo por un final afinado en cuanto a crueldad y humor perverso. La aparición de Toth tiene más que ver con su impacto gráfico en relación al estilo general de al revista que con una simpática historia de resurreccioncitas (trasuntos de los infames Burke y Hare) con forzado pegote final. El dibujante presenta un estilo mucho más cercano al cartoon, de tremenda expresividad caricaturesca y un manejo, superlativo, de la mancha negra que es una de sus marcas de fábrica (sino “su” marca de fábrica). La densidad de sus páginas resulta asombrosa, la estilización del conjunto simultáneamente elegante y enérgica, directa y sofisticada. Personajes definidos solo por su silueta, más blanco sobre negro que viceversa (es capaz de presentar a un personaje por los detalles blancos de su vestimenta, patillas y bigotes), un empleo sorprendente de las fuentes de luz,…. Por lo demás equilibra viñetas abigarradas con otras reducidas al mínimo y de igual modo combina de manera muy dinámica los primeros planos, muy cerrados además, con los generales, tremendamente esquematizados. En definitiva seis páginas para el asombro.

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4 comentarios el “¿Susto o muerte?: Creepy, una recopilación.

  1. Cecilia D,
    23 Feb 2012

    Estos fueron mis primeros cuentos para colorear !!!!! Que tiempos !!!!!!

    • adrián esbilla
      23 Feb 2012

      ¡Pues ahora cuestan un ojo de la cara! Como para ponerse a pintarlos. Yo era más tiernecillo y coloreaba los Don Miki. Aunque creo que alguna Espada salvaje de Conan también fue víctima de mis arrebatos colorísticos.

  2. losburgomaestres
    24 Feb 2012

    Con diez, once, doce y trece años me hinché de Vampus y Rufus (las versiones hispánicas de las revistas Warren)… Esta edición lujosa de ahora me tienta constantemente… pero es demasiado costosa para mi escaso caudal. Como la proverbial zorra ante las verdes uvas, me digo que prefiero mis viejos tebeos amarillentos… Snif. A todo esto: magnífico post.

    • adrián esbilla
      24 Feb 2012

      Jajaja! Son carillas, sí. En Gijón y Oviedo todaví se encuentran cosas de estas revistas (Dossier Negro, etc…) a buenos preciso en librerías de segunda mano.

      Agradecido en lo demás.

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