El hombre dibujado

la esbilla entintada

La vida moderna: Rubia de verano, Adrian Tomine, 2002

“I don’t want to see their faces
I don’t want to hear them scream”

Rubia de verano, Adrian Tomine, 2002

Publicada originalmente en Ultramundo: critica-de-rubia-de-veranode-adrian.html

A Rubia de verano se le puede aplicar aquello que Nick Hornby escribía en su ya clásico Alta fidelidad sobre si escuchamos canciones pop porque estamos tristes o estamos tristes porque escuchamos canciones pop. Summer blonde ya es de por si un gran título para una agridulce canción pop. El mismo cuerpo de las historias rezuma esa sensibilidad especial, la contraposición entre la dulzura de la melodía y los acordes, el dibujo grácil, y la melancolía dolorosa de las letras, las historias, atrapadas en relatos cortos de tres minutos.
Lanzados originalmente dentro de su propia revista Optic Nerve (nombre por cierto de una banda de culto, “Byrds style”, powerpopera y folkie de la escena neoyorquina de mediados de los 80) y dando forma definitiva a un estilo que se situaba en algún punto entre el radicalismo de Daniel Clowes, del cual bebe gráficamente más que mucho (desde la línea clara a la forma de componer las viñetas o la atención al detalle expresivo) y el abismal angst adolescente, la nausea vital (física y metafísica) del Charles Burns de Agujero Negro; al cual parece evocarse en la última de las historias, especialmente en sus devastadoras páginas de apertura y clausura. A todo lo cual el propio Tomine añade la influencia, bastante clara en cuanto a trazo, del Love and Rockets de los hermanos Hernández, Jamie a la cabeza. Aunque si nos ponemos un tanto ácidos el acabado accesible del autor, tanto que su formalismo a sido bien acogido en la órbita publicitaria o incluso le ha hecho un habitual de las portadas del New Yorker (Chris Ware también, es cierto, y este es cualquier cosa menos dócil), como una cierta sensación de autor prefabricado, carente de esa visceral sinceridad (en cuanto a temática en cuanto a experimentación, etc…) de los otros mencionados, le facilitan el haber logrado cierto status de estrella secreta, ser ese nombre que queda bien citar.

En cualquier caso Tomine es un creador interesante, no tan hermético como para ser inaccesible, ni tan leve como para resultar intranscendente. Por esta época se le comparaba con cierta insistencia con Raymond Carver, el pope del relato corto dentro de la narrativa norteamericana, y si bien es cierto que algo carveriano está impregnado en el dominio de la dilatación temporal, delicadísima, del cuento. También del gusto por el misterio, por el escamoteo, entre pudoroso y mecánico. Una suerte de elipsis sentimental o como muy bien denomina El lector de cómics en su blog la “elipsis retórica”: “(…) podemos decir que el comic es esencialmente elíptico y podemos calificar a esta tipología de elipsis como elipsis constitutiva”. Existe, no obstante, otro tipo de elipsis que podemos denominar “elipsis de autor” o “elipsis retórica” “ Esta sería la elipsis que viene a añadirse deliberadamente a la elipsis constitutiva. Mientras que la elipsis constitutiva omite elementos irrelevantes y específicamente de transición (les podemos llamar elementos transitivos), la elipsis retórica se basa en una exclusión poética de determinados elementos. Yendo más lejos: la elipsis constitutiva omite elementos prescindibles mientras que la elipsis retórica omite elementos fundamentales del relato.” 

Tomine maneja, en una manera simultáneamente influenciada por el lenguaje literario de los narradores breves americanos y por el del propio cine (especialmente del europeo y el indie), la idea, audaz, seductora, y la técnica, complicada, del “fuera de campo”. Lo sustantivo del relato, en primer y más obvio término las conclusiones, permanecerán sistemáticamente elididas. Desde luego esto demuestra una reflexión profunda sobre la manera de contar, de contar mejor, y de adecuar espació y sensibilidad atreviéndose a una síntesis narrativa admirable, un laconismo áspero de nuevo encontraste con el dulzor del dibujo y el rigor de la planificación y disposición de las viñetas, todo lo cual propicia una cadencia narrativa y de lectura, unida a una gradación de la emociones, contenidas, dolorosas, reprimidas incluso que aparece como el rasgo más distintivo de Tomine como comicógrafo. Volviendo al excelente artículo arriba mencionado “(…) Tomine, jugando de manera excepcional con la elipsis, nos obliga a pensar en las piezas del relato que se ocultan y nos impele a emprender un viaje que se vuelve dramático. Dramático porque, en realidad, no falta nada. (…) es sólo un relato y, fuera de lo que se narra, no hay nada. ¿Qué habrá pasado? – se pregunta el lector- ¿En qué estará pensando ese personaje? En nada. En un relato sólo pasa lo que se cuenta. Lo que no se cuenta no existe, no ocurre. “Lo que falta” sólo puede entenderse como figura retórica y como efecto poético, nunca como ausencia.” Quitar es la manera más sutil que encuentra para transmitir la angustia, la alienación de sus personajes con respecto a si mismos y su entorno. Su desapego emocional, su incapacidad patológica de conectar con otras personas. Un deriva emotiva, una carencia de calor, de amor (nuevamente la frialdad expresiva del trazo, su exactitud quirúrgica a la hora de hacer expresar a eso hieráticos personajes sus tremendos vacíos, se revela una de las fuerzas de estilo) que en la mayoría de las ocasiones se ve reflejada, y en el recopilatorio presente es eje de las narraciones, en una insana, distorsionada, pulsión sexual. La concepción del sexo, y de las relaciones amorosas o de pareja al fin y al cabo, en Tomine aparece dominada por la incapacidad o el mecanicismo. El sexo es materia de frustración o de desastre. Los personajes del autor japonés-americano parecen atrapados (más que escapados) del doliente imaginario del Pet Sounds de los Beach Boys. Esa engañosa sinfonía adolescente a Dios realizada desde lo más oscuro de un cuarto, o de una mente.

Sencillamente “no están hechos para este tiempo”, no está hechos para el rechazo, probablemente ni siquiera sean capaces de reconocer un sentimiento real porque lo real le es ajeno. Están extirpados, acorazados o acojonados, sumidos en la otredad, en el sentimiento de no pertenencia. Por desgracia nada de toda esta soledad se encuentra tratada con el elemento siempre disolvente del humor (curiosamente su última obra Scenes from an impending marriage, es plenamente humorística, suponiendo además un viraje en cuanto a grafismo, de tono más caricaturesco e inmediato y encima explícitamente autobiográfico) sino con una gravedad a veces incómoda. Incómoda por distintas razones, en ocasiones por el fantasma de la pretenciosidad que asoma (como en el cine indie, por cierto) en otras porque todo se vuelve demasiado turbio en virtud de la penetrante precisión del retrato psicológico de los personajes (aquí juega de nuevo a favor el hieratismo de las caracterizaciones y el laconismo de los medios), cuya caracterización llega a atisbarse tan compleja que asusta por su intimidad, especialmente en el caso de las mejores creaciones de estos relatos: la Vanessa de Rubia de verano y los Cammie y Scotty de Amenaza de bomba, probablemente las mejor historia del conjunto, la más depurada en todos sus aspectos, capaz de jugar con tópicos y lugares comunes de los horrores del adolescente americano medio, tan familiares a nosotros gracias (o no) a las series, películas y tebeos.

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