El hombre dibujado

la esbilla entintada

El desguace: Los amigos de Eddie Coyle, George V. Higgins,1970

Y mira desde aquí,
se parecen a ti.
Dime, ¿desde allí
todos también se parecen a mí?

Los amigos de Eddie Coyle, George V. Higgins,1970

Publicada originalmente en Cinearchivo: http://www.cinearchivo.com/site/Fichas/Ficha/FichaFilm.asp?IdPelicula=66361

«El crimen hace iguales a todos los contaminados por el». Esta cita al poeta latino Marco Anneo Lucano que cierra Los amigos de Eddie Coyle sintetiza su discurso con claridad inequívoca. Todos sus personajes, los traficantes de armas, los policías, los chivatos, los asesinos a sueldo, los atracadores, sus amantes, los mafiosos, los muchachos revolucionarios… todos los que orbitan alrededor del crimen resultan indistinguibles. Todos se sirven unos de otros, todos ejercen el mal de forma cotidiana, sin noción de su propia maldad, sin intención de hacer daño a otros y sin importarles si se lo hacen. Son cosas que pasan, es el oficio. En el mundo de Eddie Coyle el ser humano es un instrumento para lograr algo. Algo fútil, que se desvanece al instante para correr turno hacia el siguiente objetivo. «Las cosas cambian todos los días» dice un personaje en los párrafos finales de la novela. «Pero apenas se nota» le contesta otro. «Eso, sí. Apenas». Una lógica implacable, irónica, sutilmente satírica, que aleja al libro del mero testimonio inmediato de psicologías, tipologías y maneras de actuar dentro del submundo criminal bostoniano. Los amigos de Eddie Coyle está escrito de forma elaboradísima, decantado a su esencia, superando, de forma sofisticada, la apariencia de documento instantáneo realista mediante la sublimación literaria hasta dar en hiperrealismo. Tan auténtico que alcanza una verdad de orden superior.

En su momento escribí esto sobre la formidable versión cinematográfica —bautizada para su estreno comercial en nuestro país El confidente (1973)— que Peter Yates filmó con Robert Mitchum: «(…) Desconozco cuantos hallazgos son propios o exclusivos del film y cuantos están escrupulosamente tomados del libro así que, al no tener donde comparar, la película me parece por si misma excepcional. De una veracidad imponente, esa autenticidad a la que el cine debe aspirar, una autenticidad que no es realismo (por más que la textura de sus imágenes lo sea) porque las cosa en el cine no “son” reales, deben “parecer” reales, que no es lo mismo, debes poder creértelas sin siquiera conocerla” Leída la novela de Higgings no queda más que certificar la extraordinaria cercanía tonal y espiritual del film de Yates por más que este tome licencias con respecto a la trama central, más opaca en el film, o reduzca el número de personajes. Igualmente altera el tono satírico y vertiginoso del original, presente en unos diálogos que son el cuerpo mismo de la novela, por un aire pesimista y cadencioso, a juego con el físico pesado de Mitchum. De igual modo Eddie Coyle pasa a ser el centro absoluto de un relato cinematográfico que se pega a él como una segunda piel, contrariamente a la novela, que se abre a un reparto coral de personajes de similar importancia, por mucho que todo el edifico pivote alrededor de los últimos días de Eddie “Dedos”, hampón de tercera. Lo que Yates traslada a la perfección es el ambiente, la narrativa impresionista, la vigorosa galería de tipos, la penetración psicológica alérgica, paradójicamente, al “psicologismo” y la captación, en definitiva, del universo de la “clase baja criminal sin mayores aspiraciones que sobrevivir. Suburbial y corriente, (…) la representación cotidiana de los fuera de la ley como personas ordinarias, la manifestación del sub-mundo del crimen como un lugar de trabajo casi como cualquier otro, más peligroso claro, pero con las mismas aspiraciones pequeño burguesas, con las mismas miserias del día a día. Desnudado de todo romanticismo o glamour, de cualquier supuesta ética entre ladrones, de cualquier código. El concepto mismo de fidelidad ha quedado abolido si es que en algún momento existió».

La narrativa criminal norteamericana parece un inagotable vivero que, estacionalmente, se expande adelante y retrospectivamente, en base a un intrincado sistema de influencias que se retroalimente, descubriéndose las unas a las otras. Así, los escritores de nervio pulp como Cornell Woolrich, Jim Thompson o David Goodis -poco después el outsider Chester Himes y de él a su epígono James Sallis- llevan primero a James Ellroy y de ahí al redescubrimiento del genial Edward Bunker —publicado en España ahora mismo gracias a otra pequeña empresa Sajalin que ha puesto en circulación la deliciosamente pulpy Stark y esa obra maestra que es No hay bestia tan feroz—. De modo semejante los libros del ex policía Joseph Wambaugh incorporaban una reverberación que remitía de inmediato a los chicos del distrito 87 del ciclo del renovador de la novela policial Ed McBain en los 50. George V. Higgins es el (pen)último descubrimiento y al igual que Wambaugh conocía el sistema de primera mano; había sido ayudante de fiscal, abogado y antes periodista. Pero su estilo es muy distinto: minimalista, elíptico. Una rara combinación de abstracción buscada y cruda verdad. Tan membrudo, tan moderno, que leído hoy permanece igual de estilizado, de adictivo, de sorprendente, de auténtico.

El rasgo más definitorio y llamativo de Los amigos de Eddie Coyle es su carácter de novela dialogada. Higgins quita todo lo de alrededor, minimiza las descripciones, escuetas pero exactas, especialmente las geográfica, hasta el punto de convertir Boston en un elemento capital de la atmósfera y del relato. Por esta vía aparecen los herederos, a los cuales, paradójicamente conocimos antes que al padre y que ya nos son familiares, con lo cual la novela presenta el aliciente, añadido, de asombrarse con la manera el la cual sus ajustadísimas ciento noventa y tres páginas ejercen su influjo hasta hoy mismo. Su carácter de fresco urbano, la ejemplar ecuanimidad moral con la cual retrata a sus personajes, no resulta difícil de detectar en eso que Dennis Lehane llama en el prólogo el «American noir». No es casual que sea un autor como Lehane el convocado para escribir la introducción tampoco es casual que fuese, en su momento, partícipe de esa gran novela americana televisada que fue The Wire, ejemplo perfecto, en todos los sentidos, de los caminos más estimulantes de la nueva novela negra en USA. Higgings está en The Wire. Está en David Simon como creador que todo lo aprendió ejerciendo de periodista en Baltimore y está en otro excelente novelista como George Pellecanos, quien ejerció en la serie de HBO como guionista y productor. En ellos está los personajes, sus conflictos cotidianos, los estratos de la ciudad, la caracterización al detalle, esa autenticidad que ya he nombrado tanto. Está la idea, también, de sobreponerse a la narración criminal, a la investigación, dejando esta como un fondo sobre el cual actúan unos personajes de clase obrera peleando una batalla que no podrán ganar, como mucho pueden sobrevivirla. Así el crimen es el lugar del conflicto pero no es exactamente el conflicto. Algo que ya estaba en Ed McBain y que está en Los amigos de Eddie Coyle, título antológico, de despiadada ironía, por cierto.

Pero me estaba refiriendo al diálogo, esa ”música de callejón” por usar el título en español de una reciente novela de Pellecanos, en la cual suena, inconfundible, el tono familiar de las calles de Boston (Lehane), Washington (Pellecanos) o Baltimore (Simon). Una poesía áspera, hecha de circunloquios, digresiones y chascarrillos, bravuconería, agresión e inseguridad. Pulida hasta hacerla tan literaria que no parece literatura, una característica que la acerca mucho (bueno, más bien al revés) a la métrica y la rítmica particular de David Mamet. Un proceso laborioso de transfiguración de lo alambicado en imagen de espontaneidad. También es fácil escuchar a Quentin Tarantino, claro, otro reivindicador del presente autor como antes lo fue de Edward Bunker, aunque quizás la influencia del primero le venga dada por la persona interpuesta de Elmore Leonard, un reconocido fan y heredero en ciertos aspectos. Al igual que Higgings, aunque con una óptica más colorista y ligera, siempre ha privilegiado el personaje y el ambiente sobre la trama, por lo común anecdótica y mero soporte para elaborar una abigarrada galería de personajes inolvidable, tal y como aquellos que nos presenta Eddie Coyle en este libro, al fin y al cabo un retablo costumbrista con la excusa de una historia de criminales contrarreloj. La edición de Libros del Asteroide es magnífica desde el diseño de las tapas. La traducción, de gran dificultad, superior•

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4 comentarios el “El desguace: Los amigos de Eddie Coyle, George V. Higgins,1970

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